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Implementación de la encomienda

Irala se resistía a poner orden en la caótica explotación del indígena; sin embargo, el Consejo de Indias temía su exterminio y pretendía un orden racional en las relaciones coloniales con éste(1).

(1) Alfredo Vara. “Corrientes en el Mundo Guaranítico” (1985), publicado en el fascículo Nro. 3 , de la colección “Todo es Historia”, dirigido por Félix Luna.

A través del Oficial Real Pedro de Orantes, presionó a Irala para que aceptara el régimen de encomiendas, en la dilatada provincia del Paraguay. Ello sucedió en 1555 y significó la legalización formal de un sistema de colonización y dominio del indio desencadenando la lucha de conquistadores y nuevos allegados para que les fueran asignadas diez, veinte, cincuenta o cien familias indias a sus servicios.

Legalmente, el servicio de encomienda -como el de mita, que era algo diferente- obligaba a las familias indias a establecerse en el territorio del encomendero y dar su fuerza de trabajo durante determinado número de meses, dedicando otros a su propia subsistencia.

El encomendero debía velar por la seguridad y bienestar de sus indios y ocuparse de que se les impartieran los sacramentos y catequesis cristianos. En la práctica, tanto las familias encomendadas como los varones mitayos, pasaron a vivir en las cercanías de la casona del encomendero, en total dependencia y sumisión a éste

¿Qué significó la encomienda para los guaraníes? Los españoles se encontraron con que debían organizar el gentío a su disposición, entonces, revitalizaron la antigua institución del cacicazgo, entregaron la vara de autoridad al cacique, y le otorgaron la condición de noble, a través del trato de ”Don”; éste constituía un cargo hereditario.

Por primera vez existió una división social entre los guaraníes, porque este ”Don” y su familia quedaban eximidos de la prestación de todo servicio. Su situación era la de un intermediario a través del cual el español obtenía y administraba la repartición de brazos. Esto rompió la tradicional solidaridad igualitaria entre los ñánde ru y su gente. Así, las revueltas y resistencias fueron permanentes.

Otra consecuencia de las encomiendas fue el agrupamiento guaraní en torno de la casona del encomendero. Esta era una típica hacienda rural autosuficiente. En ella se producía todo lo que se consumía. La ganadería y la agricultura diversificadas, proporcionaban víveres en abundancia y generaban excedentes.

Esta experiencia era inédita para el guaraní, acostumbrado a una vida seminómade y a la incertidumbre de la caza y la recolección. A pesar de que las resistencias a abandonar el antiguo modo de vida debieron prolongarse bastante tiempo, de hecho la situación colocaba a estos guaraníes encomendados en posición de ir perdiendo su identidad étnica por mestizamiento y transformación colectiva en campesinado.

- El problema económico

La ausencia de oro y plata en la Provincia del Paraguay obligó a los españoles a buscar en el cultivo de la tierra la fuerza económica necesaria para su supervivencia.

En muchas ocasiones, se apoderaron por la fuerza de tierras o chacras que ocupaban los guaraníes. En otras, los españoles se valieron de las rancheadas para reclutar indios. A los que se resistían, se les mataba o eran vendidos, o se les cambiaba por caballos y ropas.

El sistema más frecuente para trabajar la tierra fue la encomienda. Este sistema consistía en el reparto de tierras e indios para el servicio de los españoles como recompensa por los servicios prestados a la Corona.

En Paraguay no se aplicó hasta 1556, ya al final del mandato de Domingo Martínez de Irala y fue el fruto de la presión ejercida por los conquistadores quienes, incluso, llegaron a complotarse contra Irala por no atender sus pedidos.

Hubo muy pocos encomenderos importantes en Paraguay, ya que al hacerse el reparto de indígenas entre los centenares de conquistadores a casi nadie le tocó un número considerable de aquéllos.

Con la implantación de la encomienda los españoles dejaron de considerar a los guaraníes como tovaja, o parientes políticos, y los empezaron a tratar como simples siervos. A partir de ese momento, se intensificó el levantamiento de los indígenas que tantas muertes y pérdidas económicas trajo a la Provincia del Paraguay.

Las encomiendas fueron de servicio personal y, hacia 1570, se otorgaban por tres vidas, es decir, la del beneficiario y dos sucesores.

Los españoles que contaban con indígenas a su servicio debían impartirles la enseñanza de la doctrina cristiana, para lo cual los encomenderos estaban obligados a sostener al cura doctrinero y debían proporcionar a los naturales alimento, vestido y el cuidado de la salud. Sin embargo, casi siempre se negaban a cumplir estas contraprestaciones.

Las encomiendas del siglo XVII llegaron a ser la columna vertebral de la economía paraguaya. Los indígenas reducidos a pueblos se hallaban sometidos al sistema de encomiendas y, según las leyes vigentes, debían pagar a sus encomenderos un tributo en dinero o en especies, pero este procedimiento fue distorsionado en la práctica pues los indígenas, en vez de pagar en dinero, cumplían dos meses de trabajo anual gratuito para el encomendero.

Además existía el servicio personal remunerado y obligatorio (conocido como mita) que se imponía por turnos a todos los varones capaces de dichos pueblos.

También hubo indígenas que fueron repartidos, a título de encomiendas, a los vecinos. Se los llamaba yanacona (voz quechua que significa siervo) y se los tenía como “originarios” de las ciudades o villas de donde provenían sus encomenderos.

Igualmente las niñas y los niños indígenas también fueron obligados a dejar a sus familiares para el servicio domético de los españoles.

En el año 1555, Irala procedió al empadronamiento y reparto de los indios que ocupaban la jurisdicción efectiva de Asunción, es decir, un radio de unas 50 leguas al Nordeste y Sudeste de la ciudad, con la participación de los siguientes pueblos indígenas: Ytá, Yaguarón, Acaatí, Tobatí, Mongolas, Altos, Yois, Atirá Ypané, Guarambaré, Ybirpariyá, Terecañí, Maronaín y Candelaria.

El resultado fue de 27.000 indios varones adultos (unas 100.000 almas) repartidos entre 300 ó 400 encomenderos (este dato varía de unos autores a otros).

Es así cómo las relaciones socio-económicas entre españoles y guaraníes entraron en los cauces institucionales que los procesos oficiales habían impuesto, mediante el sistema de encomiendas en Nueva España y Perú décadas antes.

Fue, en realidad, la vía legal más generalizada para el uso del servicio indígena en áreas del dominio español en América y si en Paraguay tardó dieciocho años en imponerse se estima que ello se debió a la falta de concreción que caracterizó su primer período respecto de los objetivos económicos que podían esperarse de aquella tierra.

Con ello surgieron los dos primeros estatus sociales: encomendero-encomendado, que es lo mismo que decir: españoles-indios.

En 1555 la situación permitió a Domingo de Irala imponer en Asunción el sistema de encomiendas y canalizar, mediante esta institución, la utilización del servicio indígena; así, las relaciones interétnicas de españoles e indios comenzaron a regirse en Paraguay por pautas de dependencia cada vez más reguladas, que quedarían claramente reflejadas en las Ordenanzas de Ramírez de Velasco.

Las encomiendas estaban ligadas al reparto de la tierra; es decir, se otorgaban al mismo tiempo un número de indios y un lote de tierra en cantidad y tamaño acorde con los servicios personales y méritos de cada conquistador, lo que permitió dislocar la sociedad colonial de los primeros años en relación con la importancia de la encomienda adquirida.

Sea como fuere, con ellas alcanzaron los españoles el estatus de terratenientes que la sociedad peninsular les vedaba en su calidad de segundones, si es que provenían de familias hidalgas.

Respecto a los indios encomendados, el asunto era más complicado. La legislación indiana contemplaba sendos estatus de yanacona y mitayo. Ambos conformaron ya la base del sistema socio-económico del Imperio incaico, que exigía las prestaciones de servicio de toda su población con un carácter perpetuo, en el caso de los yanaconas y, periódico, en el de los mitayos, sistema que luego adoptaron los españoles para efectuar la colonización de todo el territorio sudamericano.

Legalmente, se consideraban yanaconas o indios “originarios”, a aquellos indígenas, hombres y mujeres, que persistieran en su actitud de hostilidad frente al dominio español.

En Paraguay se incorporaron, además, a este sector, todos los que habían formado parte del servicio doméstico en los tejupa. Estos permanecieron ligados al amo como única posibilidad de supervivencia ya que, desarraigados de sus primitivas comunidades indígenas, ahora carecían de asidero entre sus congéneres guaraníes de quienes recibieron una clara actitud de desprecio.

Por otra parte, su esperanza de integrarse en el sector de la sociedad, compuesta por españoles y criollos, ahora se desvanecía también, a causa del aumento de indios de esta clase que ya nunca más serían parientes ni colaboradores, sino siervos.

En cuanto a la propia unidad familiar yanacona, ésta carecía de sólidos lazos que la uniera, pues apenas se dio importancia a su estabilidad habitacional.

En un principio los siervos yanaconas sólo se podían matrimoniar si ambos pertenecían al mismo encomendero. Más tarde, la desproporción de sexos, con la consiguiente unión de yanaconas de distinto amo, obligó a los cónyuges a vivir separados, cada uno en su respectiva encomienda, y los hijos habidos de tales uniones permanecían con la madre, de ahí la sobreestimación de la mujer yanacona como potencial biológico y la gran cantidad de pleitos a que dio lugar, de tenor parecido al que reproducimos aquí:

“Doña Beatriz de Bera y Guzmán, vecina de esta ciudad (Asunción) mujer legítima del alférez Antonio de Alegre, ausente en tierras del enemigo, digo que ... yo tengo en mi servicio una india llamada Mariana, viuda de Joseph, a la cual pretende derecho el capitán Miguel de Abalos, por decir es hija de un indio de su encomienda, la cual dicha Mariana es hija de una india llamada Francisca, de la encomienda del dicho mi marido, que después de viuda la trajo a mi casa dando de mamar la dicha su madre a donde la ha criado...
“A Va.Sa. pido y suplico se sirva de ampararme en la posesión de la dicha india como mujer del dicho Joseph de esta encomienda, y mande a don Miguel de Abalos no la inquite pues no le debe tributos”(2).

(2) “Pleito de Doña Beatriz de Bera y Guzmán, sobre el derecho a la propiedad de una india. Inventario de papeles del escribano público Pedro Rodríguez Villafañe”, Asunción 1685. Archivo Nacional de Asunción, Paraguay, Sección Histórica, volumen 36, folio 16. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los Siglos XVI y XVII)” (1985). Tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

Branislava Susnik estima, por el estudio de testamentos que, en 1570 existían en Paraguay unos 10.000 yanaconas(3).

(3) Branislava Susnik. “Los Aborígenes del Paraguay”, volumen II, p. 85. // Citado en “Relaciones Interétnicas y Proceso de Formación Social en la Cuenca del Alto Paraná (Corrientes en los Siglos XVI y XVII)” (1985). Tesis doctoral que presenta la licenciada Teresa Cañedo Argüelles Fábrega, bajo la dirección del profesor, doctor Alfredo Jiménez Núñez. Departamento de Antropología y Etnología de América, Universidad de Sevilla.

La mita presentó connotaciones bien distintas del yanaconato, pues dado el carácter periódico de este servicio el indio todavía podía abrigar alguna esperanza de mantener su identidad cultural dentro de los pueblos donde, teóricamente, figuraba como residente.

Estos pueblos resultaron de la primera concentración de indígenas, arbitrada por Irala quien, durante su segundo período de Gobierno, había ensayado un procedimiento para establecer una separación entre la sociedad indígena y la española mediante la concentración de indios en pueblos o tapý'y, con objeto de que, a la hora de imponer el sistema de encomiendas, les resultara más fácil su asistencia periódica a las propiedades de sus encomenderos.

Sin embargo, estos núcleos apenas tuvieron otro sentido que el de ser meros habitáculos, en donde los indios tenían la probabilidad de reencontrarse periódicamente con miembros de sus antiguas comunidades, pero carentes de móviles sociales y económicos que los dotaran de una auténtica consistencia cultural, fuera de sentirse todos sus habitantes “indios” en vez de “españoles”.

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