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La teoría política española del siglo XVI

También en España la historia del pensamiento político es la historia de sus problemas, relación recíproca entre la teoría y la experiencia. A la par de Europa elabórase la concepción del Estado que marcará las ideas políticas de la península y de sus colonias.

Esto significa que España llega a tener una verdadera escuela del pensamiento político en el siglo XVI, situada entre los postglosadores y canonistas de los siglos XIV y XV, y Jean Bodin, Althusio y Grocio que representan el tránsito del siglo XVI al XVII.

El pensamiento español del siglo XVI trata especialmente del poder, de su naturaleza, de sus funciones y de sus límites(1).

(1) Confr. Luis Sánchez Agesta. “El concepto del Estado en el pensamiento español del siglo XVI”, Madrid. Ed. Marisal. // Citado por Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 1.

Construye una teoría de la política, en la medida que logra una concepción sistemática que interpreta y formula los problemas capitales del Estado: la autonomía y la jerarquía de su poder.

La concepción española del siglo XVI tiene su fuente en Francisco de Vitoria, y éste no piensa en el vacío, sino muy a propósito del problema histórico planteado por el descubrimiento de América: si el Emperador o el Papa eran señores temporales de todo el Orbe.

En Vitoria, el Estado es una comunidad perfecta, un todo autosuficiente que no es parte de otro ser político superior, y por lo tanto independiente respecto del Imperio, lo que nos recuerda aquel dilema imperial de Carlos I.

En la concepción del Estado como cuerpo místico, en cambio, se advierte la influencia de la doctrina de San Pablo. La sociedad es pensada como un orden jerárquico y orgánico cuyo vértice natural es el príncipe.

Domingo de Soto dirá, en ese sentido, que

el príncipe no está fuera de la comunidad sino dentro de ella, aunque en puesto preeminente, como cabeza.

El poder sin embargo, se atribuye a la comunidad con independencia de los sujetos que lo ejerzan. Lo que ocurre es que los príncipes tienen el poder en virtud del oficio, como deber y no como prerrogativa.

La potestad es la potencia de la comunidad, que se realiza o se actualiza en el oficio. Su justificación procede del Derecho Natural(2), que reconoce a Dios como autor, y el Príncipe está por todo ello sometido al Derecho, no sólo divino y natural sino humano, propio de la comunidad en la que cumple su oficio. Ultima consecuencia: el oficio se define y justifica por el fin, que es el bien común.

(2) Según el excelente estudio de Luis Sánchez Agesta, los orígenes de dicha teoría se reducen a cinco principios fundamentales: Primero, la humanidad está compuesta por un pluriverso de comunidades perfectas -es decir, a las que nada falta para cumplir su fin-, que son los Estados. Segundo, cada comunidad perfecta o Estado es un todo que se concibe como una unidad orgánica, que implica partes armónicamente entrelazadas como en un organismo natural, cuya razón de ser es la realización de un fin, el bien común. Por eso el Estado es concebido como un “cuerpo místico”. Tercero, la potestad real -cabeza y poder supremo del Estado- es un “oficio” por el que se pone en ejercicio la potestad que posee la comunidad para realizar sus fines. Cuarto, “la convivencia política es una necesidad natural y, en este sentido, se dice que el poder del Estado procede de Dios, que lo constituyó en el acto mismo de la Creación, como condición del desenvolvimiento de la naturaleza humana”. Quinto, el Estado tiene su razón de ser en su fin, que es el bien común. De donde se deduce que la supremacía del poder del Estado se define por el bien común. El descubrimiento de tal arquitectura teórica es importante, porque pone en evidencia cierta toma de distancia entre el pensamiento español del siglo XVI y el que se elabora en Europa, distancia que se hará patente en el siglo siguiente. Cada uno de los principios enunciados tiene, en el pensamiento europeo, una expresión relativamente distinta. Para éste, especialmente desde Bodin, la humanidad es también un conjunto de Estados. Pero cada Estado es concebido como un poder absoluto, indivisible e ilimitado, no dependiente de otro poder. En segundo término, la indivisibilidad del poder se concibe como un dogma que expresa la unidad del Estado. En tercer término, la voluntad soberana del rey o del pueblo no está sometida a la Ley, por cuanto ésta emana de aquélla voluntad. En cuarto término, el Estado es el fruto de la convención de los hombres o de una imposición del poder. Y por último, en cuanto recto gobierno de los hombres y de lo que les es común, el Estado se hace singular por el ejercicio de un poder supremo o soberano // Citado por Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 1.

El pensamiento político español del siglo XVI contiene una concepción ética del Estado, la supremacía del poder; la soberanía está determinada y medida por su fin.

Jean Bodin, en cambio, al otro lado de los Pirineos y por razones históricas y teóricas distintas, pondrá el acento en el carácter incondicionado del poder.

Pero cuando Vitoria expone que el Príncipe no reconoce superior, usa en rigor una fórmula con casi diez siglos de existencia para discutir el dominio universal del Emperador y del Pontífice.

Se dice del Principado que es exento, inmune o libre para significar tanto la independencia como la preeminencia del príncipe. La maiestas, majestad o mayoría, señala lo mismo(3).

(3) Jean Bodin considerará equivalentes “maiestas” y “soberanía”: la souveraineté est la puissance absolue et perpetuelle d’une République, que les Latins appellent “maiestatem”... // Citado por Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 1

Suárez, a principios del siglo XVII, epígono de la escuela española del XVI, dará acabada definición de la suprema potestad, summa potestas o supremacía: una potestad se denomina suprema cuando no reconoce una potestad superior, pues esta voz suprema indica la negación de una potestad más alta a la que tenga que obedecer aquél de quien se dice que posee la suprema potestad...

Sólo que, como diría Vitoria,

gobernar es la facultad o derecho de dirigir o impulsar la comunidad política al bien común,

y si bien el Príncipe puede legislar y dispensar, el legislador que no cumple su propia Ley injuria a la República.

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