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Ciudades fundadoras

Las primeras ciudades fueron misérrimos villorrios(1).

(1) Carlos Alberto Floria/César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos”, tomo 1, capítulo 4.

Exiguas de población, agotadas por los trasplantes y las nuevas entradas, hasta el punto que en cierto momento Córdoba no tuvo más de 25 hombres y Mendoza 13 para su respectiva protección; pobres de edificación, en general caseríos de barro o adobe techados de paja; pobres también de medios de subsistencia, al extremo de que en ciertas ocasiones los pobladores se vieron constreñidos a comer alimañas y raíces y a vestirse con las pieles de los animales que cazaban; situadas en el confín del Imperio español, nada hacía presumir un destino brillante para ellas.

Pero lentamente las poblaciones se estabilizaron y crecieron. A fin del siglo Córdoba pudo ufanarse de tener 500 vecinos y casi todas sus casas construidas en piedra.

El desarrollo de las ciudades del Tucumán se vio favorecido por una buena producción agrícola y ganadera, fruto del trabajo de los indios sometidos a la encomienda, cuyo número oscilaba entre 30 y 50.000. Buenos Aires, con pocos años de vida, era aún un pobre rancherío, pero contaba ya con 250 vecinos y 1.000 indios de servicio.

Aisladas en medio de inmensos territorios y alertas a los peligros exteriores, poca ocasión les quedaba para desarrollar formas más evolucionadas de vida social. El tiempo ocioso era empleado en general en las mezquindades de la política doméstica.

Las diversiones eran pocas y se limitaban a juegos de cañas y de sortija y también a los toros. Poco a poco los juegos de azar -dados, tabas y naipes-, se convirtieron en ocupación preferida.

La vida intelectual de estas pequeñas comunidades era mínima. En su mayoría gente de acción, no tenían tiempo ni gusto para las formas elevadas de la cultura. Sin embargo, hubo una minoría que apreciaba las galas del intelecto.

El conquistador Ruy Díaz de Guzmán, hijo de la tierra, y el clérigo Martín del Barco Centenera, fueron los primeros escritores del Río de la Plata; Pedro de Mendoza mismo cultivaba los clásicos; Leonor de Tejeda frecuentaba los mejores libros del siglo; se formaron por entonces las primeras bibliotecas privadas y el obispo del Río de la Plata, a poco de fundada Buenos Aires, estableció una cátedra de Filosofía de vida efímera.

Pese a ello los libros escaseaban, excepto los de doctrina cristiana, y aun estos no abundaban. La instrucción general se limitaba al nivel primario y las ciudades contaron desde sus primeros años con una escuela. Es de destacar que la mayoría de los hombres y mujeres sabían leer y escribir.

La Iglesia realizó entre tanto una intensa labor evangelizadora organizada jerárquicamente en dos obispados: el de Tucumán y el de Paraguay y Río de la Plata.

La cristianización de los indios se realizó con iguales métodos y dificultades, pero el entusiasmo y las virtudes de los misioneros quedó perpetuado en algunos nombres ejemplares: el obispo Francisco de Vitoria, Juan de Rivadeneyra, Luis de Bolaños, Añasco, Monruy, etc., y sobre todo San Francisco Solano.

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