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Vida económica en los primeros días de la colonia

La vida económica también fue difícil en sus comienzos. Faltos de moneda propia y en relaciones con pueblos indígenas que carecían de sistema monetario, las primeras transacciones se hicieron por el método del rescate; así, Irala pagaba los alimentos que le proveían los indios con anzuelos que fabricaba con ese objeto.

A medida que los españoles lograban su propia producción y ésta se diversificaba, aquel sistema fue reemplazado por el trueque.

En todo el siglo la moneda acuñada fue sumamente escasa, casi inexistente, y el peso fuerte -equivalente a 8 reales ó 272 maravedíes-, fue casi una rareza. Esta situación condujo a la adopción de mercancías como moneda, cuyo valor unitario fijaban los Cabildos.

Así, por ejemplo, en Santa Fe, ese papel era cumplido por la vara de lienzo y su valor era de dos reales. Una fanega de trigo costaba cuatro varas, un par de espuelas lo mismo, un par de botas dos varas, una ternera sólo un cuarto de vara.

Cuando el siglo terminaba, el gobernador del Paraguay y Río de la Plata, Diego Rodríguez de Valdez y de la Banda escribía al Rey:

... la moneda que corre en la tierra es sayal, lienzo, hierro, acero, y yo he quitado ahora el hierro y el acero porque por momentos subían y bajaban el precio en fraude de partes y particularmente de la Real Hacienda de Vuestra Majestad y he dejado el lienzo v el sayal por dos razones; la una, porque no hay cuenta y, la otra, porque tiene el precio sabido que no sube ni baja...”.

Los precios variaban además de un lugar a otro, y en Buenos Aires la fanega de trigo valía el doble que en Santa Fe, lo que revela la mayor escasez del producto.

La economía tucumana se asentaba, como en casi toda América, en la mano de obra indígena utilizada a través del régimen de la encomienda.

Los conflictos de los primeros años crearon gran confusión e inestabilidad en las encomiendas tucumanas con el consiguiente perjuicio para blancos e indios. Poco tardaron, como en todas partes, en aparecer los abusos, sobre todo en la aplicación de la mita, régimen de trabajo forzado de origen indígena, por el cual un determinado porcentaje de indios de una encomienda o lugar debía ir a prestar servicios a otra parte durante un tiempo predeterminado. El gobernador del Tucumán, Gonzalo de Abreu Figueroa dictó entonces unas Ordenanzas sobre el trabajo de los indios, las primeras dictadas en esta parte del Imperio, que tendían a evitar los abusos y a asegurar que los indígenas trabajaran, en lo que iba comprometida la subsistencia de las poblaciones blancas.

Paraguay ofreció un panorama distinto. La sumisión voluntaria de los indígenas y las relaciones de alianza existentes entre ambas comunidades, llevaron a los indios a proveer a los españoles de los productos por ellos cultivados y de mano de obra gratuita. Por ello la encomienda en el Paraguay no fue necesaria y en su reemplazo se organizó un régimen peculiar de trabajo voluntario, donde, pese a los abusos ocasionales, el indio trabajaba conforme.

La incomprensión de esta circunstancia llevó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, imbuido de ideas de justicia y deseoso de establecer un régimen salarial, a enfrentarse con los colonos en 1544. Cuando más tarde se fundan Santa Fe y Buenos Aires, las encomiendas reaparecen, pero no llegarán a desarrollarse por la escasez de indios en la región y la agricultura tan pobre.

Veamos ahora cuál era la producción de estas regiones. América aportó a la agricultura europea nuevas especies, de las cuales las principales fueron el maíz, el cacao, la papa y el tabaco. También los indios cultivaban mandioca, maní, tomate, pimiento, etc. En nuestro territorio las principales especies fueron el maíz, la mandioca y la yerba mate. En cada entrada los españoles dependieron para su sustento de estos productos indígenas. Gracias a ellos subsistió Ayolas entre los guaraníes y se salvaron los hombres de Diego de Rojas entre los comechingones. Los conquistadores adoptaron, pues, inicialmente la dieta indígena, completándola en cuanto prolongaban su establecimiento con las especies españolas cuyas semillas habían traído en sus árganas. Lentamente, en torno a cada poblado surgieron las sementeras de trigo, crecieron las hortalizas, se alzaron los olivos y fructificaron las vides. La dieta de los colonos se hizo más rica y se mezclaron en ella las especies europeas y americanas.

El aporte de la ganadería indígena fue en cambio nulo. Pedro de Mendoza trajo al Río de la Plata los primeros caballos y yeguas. En los años siguientes se criaron cimarrones en la amplitud de las pampas, y a falta de vacunos abundantes, proveyeron a los pobladores de cuero y grasa. Entre 1550 y 1570 el ganado ovino fue introducido desde el Alto Perú, en tanto que el vacuno vino desde esta región y desde el Brasil por esos mismos años.

Estos ganados pronto proliferaron y excedieron las necesidades de los pobladores, proveyéndolos de un alimento barato y abundante, que desde entonces configuró un elemento esencial en la dieta del argentino.

Si bien, como se ha dicho, muchas poblaciones pasaron en sus primeros años penurias y hambres difíciles de describir, el desarrollo de la ganadería y la agricultura creó hacia el fin del siglo los primeros excedentes de producción, magros como la población entonces existente, pero que señalaron la oportunidad de organizarla, ya que la similitud entre las diferentes regiones creaba naturales limitaciones al intercambio.

Por entonces, el Tucumán poseía suficientes cereales y ganados y la producción de mulas era creciente, los tejidos de lana y algodón salían de los telares de sus ciudades; Santiago y Córdoba llegaban a confeccionar ropas y sombreros; La Rioja surtía de vino; Córdoba de harina; y Santiago de jabón.

Paraguay y el Río de la Plata abundaban en ganados y yeguarizos, organizándose hacia el 1600 las primeras “vaquerías” en la zona pampeana, sistema primitivo de obtener cueros por medio de grandes rodeos de hacienda cimarrona, que era desjarretada y luego muerta y cuereada en el lugar, aprovechándose las astas y parte de la grasa y abandonándose la carne a los pumas y caranchos. Los cereales no faltaban, pero era escasa la harina, salvo en Corrientes y Asunción. Esta última producía también azúcar y yerba mate, y en Concepción se cultivaba el algodón. Por su parte, Cuyo poseía una agricultura floreciente, destacándose por la producción de vino.

Las nuevas poblaciones eran surtidas de productos europeos a través de Lima, desde Panamá, adonde llegaban por el sistema de flotas y galeones adoptado en España por razones económicas -concentración de los productos y del fletamento favorables al monopolio sevillano-, y militares -defensa contra los corsarios y piratas-. Este sistema había funcionado adecuadamente desde su creación, pero la reaparición del puerto de Buenos Aires y la lejanía de los pobladores del Río de la Plata respecto del Perú, permitían una modificación del esquema implantado. La misma incomunicación inicial entre esta región y el Tucumán hacía imposible que los abastecimientos europeos le llegaran por la vía del Perú, por lo que en los primeros años debieron despacharse desde España embarcaciones de auxilio al Río de la Plata.

Sin embargo el esquema no se alteró. Se oponían a ello varias razones: Primero los intereses de Lima y Panamá; luego la escasa importancia y poder adquisitivo que revestían Buenos Aires y el Paraguay en el conjunto del Imperio español, lo que hacía perjudicial y antieconómico para Sevilla cualquier desdoblamiento del sistema de flotas; por fin, lo rechazaba el espíritu centralista de los funcionarios españoles, que no aceptaba como lógico un desdoblamiento del sistema.

Buenos Aires nace así más que como puerto de exportación o importación, simplemente como escala marítima hacia Chile y el Norte, sostenida por razones de política internacional. La navegación a su puerto estaba limitada a los “navíos de permiso”, buques autorizados a navegar hacia Buenos Aires con el objeto de sostener a su población. Al cabo de algunos años se exportaron ocasionalmente al Brasil productos tucumanos y trigo bonaerense. Pero sobre todo, Buenos Aires comenzó a ejercer una intermitente función de escala comercial, recibiendo y adquiriendo productos que reexpedía inmediatamente al Interior. Esta actividad ilícita provocó la clausura del puerto en 1594, lo que volvió a sumir a la población en las máximas penurias, por lo que buscó remedio en el contrabando, con la complicidad de las propias autoridades locales.

Bibliografía:

Carlos Alberto Floria / César A. García Belsunce - “Historia de los argentinos” - Tomo 1 - Capítulo 4.

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