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LA EMPRESA DESCUBRIDORA

Nunca debemos olvidar que la instauración de lo que hoy es Sudamérica fue apenas una parte de una empresa más vasta. Y que ésta fue obra de lo mejor y más brillante del continente europeo(1).

(1) Material extraído del libro "Los hombres que gobernaron Corrientes (compendio de historia política)", de Gabriel Enrique del Valle.

Los europeos eran codiciosos. Como dijo Cristóbal Colón, los hombres que cruzaban el Atlántico lo hacían ante todo en procura de oro. Pero también eran idealistas. Estos jóvenes aventureros pensaban que podían mejorar el mundo. Europa era demasiado pequeña para ellos: para su energía, sus ambiciones y sus expectativas.

En los siglos XI, XII y XIII habían marchado hacia el Este, con la idea de volver a cristianizar Tierra Santa y sus aledaños, y también para obtener tierras en aquellos parajes. La mezcla de celo religioso, ambición personal -para no decir codicia-, y ansias de correr aventuras, que inspiró a generaciones de cruzados, fue el prototipo de la empresa que se propuso como destino la conquista de América.

En Oriente, sin embargo, la aguerrida resistencia del mundo musulmán y, más adelante, el militarismo expansivo de los turcos otomanos, pusieron freno al avance cristiano.

Así frustrada, la juventud cristiana empleó sus ambiciosas energías en luchas internas: en Francia, en el exterminio de los herejes y la apropiación de las tierras a ellos confiscadas; en la península ibérica, en la reconquista del territorio que el islam ocupaba desde el siglo VIII, proceso que se completó hacia 1490 con la destrucción del reino musulmán de Granada y la expulsión o la conversión forzada de los últimos moros que quedaban en España.

No es casualidad que en esa década, que marcó la homogeneización de Europa Occidental como una entidad unificada en torno al cristianismo, se llevaran a cabo los primeros intentos exitosos de trasladar Europa, y la cristiandad, al hemisferio occidental. Mientras se completaba una tarea, otra asomaba en el horizonte.

Los portugueses, pueblo marítimo por excelencia, fueron los primeros en entregarse a la nueva empresa, a comienzos del siglo XV. En 1415, el año en que el rey Enrique V de Inglaterra destruyera al ejército francés en Agincourt, aventureros portugueses se apoderaron de Ceuta, en el Norte de Africa, y la convirtieron en un enclave comercial.

Después, se internaron en el Atlántico con rumbo sudoeste y ocuparon sucesivamente Madeira, Cabo Verde y las Azores, y las convirtieron en colonias de la Corona portuguesa. Los aventureros portugueses estaban profundamente conmovidos por estos descubrimientos: sentían que estaban dando origen a un nuevo mundo, aunque la expresión no pasó a formar parte del lenguaje popular hasta 1494.

Estos primeros colonos creían que estaban reiniciando la civilización: el primer niño y la primera niña nacidos en Madeira fueron bautizados Adán y Eva. Pero casi de inmediato sobrevino la caída que, con el tiempo, habría de abarcar todo el Atlántico.

En la propia Europa, el antiguo sistema esclavista se había extinguido casi totalmente en el marco de la sociedad cristiana. En la década de 1440, mientras exploraban la costa africana desde las que acababan de ocupar, los portugueses volvieron a descubrir la esclavitud como actividad comercial rentable.

En Africa la esclavitud había existido siempre, y quienes la manejaban eran los gobernantes locales, a menudo con la colaboración de traficantes árabes. Los esclavos eran cautivos, personas ajenas a la comunidad, que habían perdido su raigambre tribal; una vez esclavizadas, se convertían en mercaderías comercializales y, desde luego, en un recurso importante para conseguir dinero.

Los portugueses se iniciaron en la trata de esclavos a mediados del siglo XV, llegaron a dominar su práctica y, en el curso de ese proceso, lo transformaron en algo más impersonal y horrible que lo que había sido en el Africa antigua o medieval.

La nueva colonia portuguesa de Madeira se convirtió en el centro de una industria azucarera que no tardó en convertirse en la proveedora más importante de Europa Occidental. El primer ingenio azucarero, con mano de obra esclava, se instaló en Madeira en 1452.

Esta industria, de rentabilidad inmediata, tuvo tanto éxito que los portugueses comenzaron a cultivar caña en las islas de Biafra, situadas frente a la costa africana. Una isla cercana, al cabo Blanco, en Mauritania, se convirtió en depósito de esclavos. Desde allí, cuando la trata estaba en sus comienzos, se enviaban por barco a Lisboa varios cientos de esclavos al año. Pero, a medida que la industria azucarera crecía, comenzaron a contarse por miles.

Hacia 1550, sólo en Santo Tomé, que también se convirtió en campo de concentración, ingresaron alrededor de 50.000 esclavos importados de Africa.
La administración de estas actividades, que daban pingües ganancias, estaba en manos de un conglomerado mixto de cristianos de toda Europa -españoles, normandos y flamencos, y también portugueses e italianos del Egeo y el Levante-, que actuaba bajo la égida de la Corona portuguesa.

Estos hombres -jóvenes, solteros e incansables-, no vacilaban en unirse a la primera mujer que se les cruzara, fuera quien fuese y, a veces, incluso, llegaban por esa vía al matrimonio. Su descendencia mixta, los mulatos, resultaron ser menos propensos que los europeos de pura raza a padecer fiebre amarilla y malaria, de modo que crecían sanos y fuertes.

Sin embargo, ni los europeos ni los mulatos pudieron vivir en la costa africana, pero se multiplicaron en las islas de Cabo Verde, a unos 500 kilómetros de la costa occidental del continente.

Los mulatos traficantes de Cabo Verde eran conocidos con el nombre de lancados. Hablaban en criollo, dominaban las lenguas nativas, practicaban un cristianismo sazonado de paganismo y administraban la parte europea de la trata de esclavos, del mismo modo que los árabes se hacían cargo de la parte africana.

Esta trata de esclavos de nuevo tipo no tardó en llegar a caracterizarse por la escala y la intensidad con que se llevaba a cabo, y por el nexo que establecía el metálico entre los proveedores africanos y árabes, los traficantes portugueses y los lancados, y los compradores.

Los mercados de esclavos eran vastos. Casi todos los esclavos eran varones y se los empleaba en la agricultura extensiva y las minas. Los intentos por aculturarlos eran escasos y se los trataba como unidades corporales de calidad variable, meras mercancías.

Este enfoque moderno de la esclavitud se desarrolló sobre todo en Santo Tomé. Los portugueses se dedicaron a vender esclavos africanos a los españoles que, siguiendo el ejemplo de Madeira, ocuparon las Canarias y comenzaron a cultivar caña y producir azúcar.

Para la época en que la exploración y la colonización se difundieron desde las islas hacia el otro lado del Atlántico, el sistema esclavista ya estaba establecido.

Al adentrarse en las islas del Atlántico, los portugueses descubrieron el factor meteorológico básico del Atlántico Norte: el hecho de que constituye una zona climática oceánica en sí mismo. Había fuertes corrientes que se desplazaban en el sentido de las agujas del reloj, sobre todo en el verano, y que eran impulsadas por vientos del nordeste en el sur y del oeste en el norte.

Así, los navegantes se dirigían al sudoeste cuando salían, y al nordeste cuando regresaban a Europa. Aprovechando este sistema climático, los españoles desembarcaron en las Canarias y las ocuparon.

Los guanches indígenas eran vendidos como esclavos en España, o convertidos al cristianismo y obligados al trabajo agrícola por sus conquistadores, en su mayoría procedentes de Castilla.

La experiencia adquirida en las Canarias con el sistema climático del Atlántico Norte permitió a Cristóbal Colón desembarcar en el hemisferio occidental en 1492. Su aventura tuvo todos los rasgos del internacionalismo que caracterizaron la empresa americana.

Su centro de operaciones fue una ciudad española, Sevilla, pero él era oriundo de Génova y, por nacionalidad, ciudadano de la República de Venecia, que entonces constituía un imperio insular en el Mediterráneo Oriental.

Financió su expedición transatlántica con recursos propios y de otros comerciantes genoveses instalados en Sevilla, y contó además con la ayuda monetaria de Isabel, la reina de España, que ese mismo año había recibido una buena cantidad de metálico cuando sus tropas ocuparon Granada.

La colonización de América no resultó fácil para los españoles. La primera ciudad isleña que Colón fundó, a la que llamó Isabel, fue un completo fracaso. Se le acabó el dinero, y la Corona decidió tomar el mando.

El primer asentamiento exitoso se creó en 1502, cuando Nicolás de Ovando llegó a Santo Domingo con treinta barcos, en los que viajaban no menos de 2.500 hombres. Se trataba de una empresa de colonización, de ninguna manera improvisada, en la que España capitalizó la experiencia que había adquirido durante su Reconquista, y que se basaba en una red de ciudades copiada del modelo de Castilla la Nueva.

Esta, a su vez, estaba inspirada en las bastidas de la Francia medieval, que derivaban de las ciudades-colonia romanas, una versión mejorada de modelos griegos que se remontan a los comienzos del primer milenio a. C. De modo que el sistema era muy antiguo.

Lo primero que hicieron, después de asegurar una cabeza de playa o puerto, fue encargar al oficial adelantado que midiera y fijara una cuadrícula de calles. Aparte de las fortificaciones, el primer edificio importante fue la iglesia.

Los clérigos, en especial dominicos y franciscanos, desempeñaron un papel fundamental en el proceso de colonización, hasta el punto de que el primer obispado del Nuevo Mundo se fundó en 1512. Nueve años antes, la Corona había fundado en Sevilla la Casa de Contratación, una suerte de cuartel general de la empresa transatlántica, y había gastado sumas considerables del Erario estatal para sostener la iniciativa.

Hacia 1520, eran por lo menos 10.000 los europeos hispano-hablantes que vivían en la isla caribeña de La Española, en la que cultivaban lo que necesitaban para alimentarse, y habían establecido ya relaciones comerciales regulares con los europeos.

Un año antes, Hernán Cortés había desembarcado en el continente americano y doblegado por las armas la antigua civilización mexicana. La expansión fue asombrosamente rápida, la más rápida de la historia de la humanidad: tan fulminante como las conquistas de Alejandro Magno, y mucho más rigurosa y permanente.

En cierto sentido, el nuevo Imperio español se superpuso al azteca, a diferencia de lo que había ocurrido cuando Roma absorbió las colonias griegas. Pocos años después, los españoles estaban a 1.600 kilómetros al norte de la ciudad de México, la vasta ciudad con calles en cuadrícula que Cortés construyera sobre las ruinas de la antigua capital azteca, Tenochtitlán.

Esta incursión proveniente de Europa trajo enormes cambios en la demografía, la flora y la fauna, y la economía de América. Así como los europeos eran vulnerables a la fiebre amarilla, los indígenas fueron diezmados por la viruela que aquéllos trajeron consigo.

Los europeos habían aprendido a hacerle frente a lo largo de muchas generaciones, pero seguía siendo en extremo infecciosa, y a los indígenas les resultaba invariablemente mortal.

No sabemos con certeza cuántos habitantes tenía América antes de la llegada de los europeos. Al norte de lo que hoy es la frontera mexicana, los indígenas vivían dispersos en tribus, en muchos casos todavía recolectoras y cazadoras, que libraban perpetuas guerras entre sí, aunque algunas tribus cultivaban el maíz y vivían parte del año en aldeas, población que, en total, tal vez ascendiese al millón de almas.

Al sur había sociedades mucho más avanzadas y dos grandes Imperios, el de los aztecas en México y el de los incas en el Perú. En el centro y el sur de América la población total rondaba los veinte millones. En unas pocas décadas, la conquista y las enfermedades habían reducido a los indios a dos millones, o tal vez menos.

De ahí que a poco de iniciada la conquista se planteara una demanda de esclavos africanos para ser utilizados como mano de obra. Además de la viruela, los españoles importaron diversas innovaciones que tuvieron buena acogida: trigo y cebada, y arados para trabajar la tierra en que los cultivarían, caña de azúcar y vid y, sobre todo, una gran variedad de ganado.

Los indios americanos no habían logrado domesticar nada más que perros, alpacas y llamas. Los europeos introdujeron el ganado vacuno, bueyes para los arados, caballos, mulas, asnos, ovejas, cerdos y aves de corral.

Casi desde el principio, la cría de caballos de raza, lo mismo que la de mulas y asnos, fue todo un éxito. Los españoles eran los únicos europeos occidentales que tenían la experiencia del arreo de grandes rebaños de ganado a caballo, y esta práctica se convirtió en un rasgo distintivo del Nuevo Mundo: pronto enormes haciendas se encargarían de proveer de ganado vacuno para el consumo y mulas para el trabajo, en grandes cantidades, a los distritos mineros.

Los españoles tenían el corazón endurecido por la larga lucha librada para expulsar a los moros, y trataban a los indios con extraordinaria rudeza. Pero eran constantes en cuanto a la forma en que emprendían la colonización de vastas regiones.

Los ingleses, cuando siguieron sus pasos rumbo al Nuevo Mundo, advirtieron esas dos características. John Hooker, un cronista isabelino, consideraba que los españoles eran moralmente inferiores

porque con la más cruel inhumanidad (...) sometieron a un pueblo desnudo y dócil, que sólo les interesó para obtener ganancias y no para la religión o para implantar una mancomunidad, al que tiranizaron con la mayor crueldad y al que contra todas las inclinaciones de la naturaleza humana oprimieron hasta la muerte, como atestiguan sus propios relatos”.

Al mismo tiempo, los ingleses admiraban

el afán y las obras de los españoles, su preocupación por aprovisionar espléndidamente tantos barcos (...) la inversión permanente de recursos destinados a asegurar el éxito de su iniciativa, el espíritu enérgico e indomable que han puesto de manifiesto al afrontar cuestiones de tan difícil ejecución, y, por último, su constante determinación de asentarse allí definitivamente”.

Establecidos los españoles en América, era inevitable que los portugueses siguieran sus pasos. Portugal, vulnerable a las invasiones españolas, tuvo la precaución de mantener las relaciones ultramarinas con sus poderosos vecinos en un plano estrictamente legal.

Ya en 1479, España y Portugal habían firmado un Tratado que establecía cuáles serían sus respectivas esferas comerciales más allá de las aguas europeas.

Para ello, habían consultado al Papado, que decidió trazar una línea longitudinal imaginaria a una distancia de cien leguas al oeste de las Azores: lo que hubiera hacia el Oeste de esa línea pertenecería a España; lo que hubiera hacia el Este, a Portugal.

Las dos potencias acordaron respetar de forma permanente la concesión mediante el Tratado de Tordesillas, firmado en 1494, que disponía que la línea quedara fijada a una distancia de 370 leguas al oeste de Cabo Verde.

Este nuevo Acuerdo garantizaba a los portugueses un segmento gigantesco de América del Sur que incluía la mayor parte de lo que hoy es Brasil.

Conocían esta costa por lo menos desde el año 1500, cuando una escuadra portuguesa que se dirigía al océano Indico se vio obligada a internarse en el Atlántico para evitar una racha de vientos de proa y, para su sorpresa, terminó tocando tierra al Este de la línea fijada por el Tratado en un lugar que, a todas luces, no pertenecía al continente africano.

Pero sus recursos estaban demasiado comprometidos en la exploración de la costa africana y de las rutas a Asia y las Indias Orientales, donde ya estaban instalando avanzadas, como para invertir en América.

Para organizar su primera colonia en Brasil, que se fundó mucho después, en 1532, siguieron el modelo que habían implantado en sus posesiones insulares en el Atlántico, conforme al cual la Corona designaba “capitanes” que invertían en concesiones de tierra a las que llamaban donatorios.

En la mayoría de los casos, esta primera oleada fracasó; sólo cuando los portugueses trasladaron desde Cabo Verde y las islas de Biafra a la región de Brasil -llamada Pernambuco- el sistema de los ingenios azucareros basado en la esclavitud, comenzaron éstos a obtener ganancias y los colonos decidieron afincarse.

El verdadero desarrollo en gran escala de Brasil comenzó en 1549, momento en que la Corona hizo una gran inversión, envió a más de mil colonos y nombró a, Thomé de Souza, Gobernador General con plenos poderes.

A partir de entonces, el progreso fue rápido e irreversible: se produjo un crecimiento masivo de la industria azucarera y, durante el último cuarto del siglo XVI, Brasil se convirtió -y después siguió siéndolo- en el centro de importación de esclavos más grande del mundo.

Durante más de trescientos años Brasil absorbió más esclavos africanos que cualquier otro país y se convirtió, por así decir, en un territorio afroamericano.

A lo largo del siglo XVI los portugueses tuvieron prácticamente el monopolio del tráfico de esclavos a través del Atlántico. Hacia el año 1600, casi 300.000 esclavos africanos habían sido trasladados por mar a las plantaciones: 25.000 a Madeira, 50.000 a Europa, 75.000 a cabo Santo Tomé y el resto a América. Para esa fecha, cuatro de cada cinco esclavos eran enviados al Nuevo Mundo.

Es importante tener en cuenta que este sistema de esclavitud en las plantaciones, organizado por los portugueses y adoptado por los españoles para sus minas y sus ingenios azucareros, había estado vigente, y se había extendido, mucho antes de que otras potencias europeas recalaran en el Nuevo Mundo.

Pero las prodigiosas fortunas que los españoles amasaron gracias a la plata de las minas americanas y el comercio del azúcar -de este último también se beneficiaban los portugueses-, atrajeron al continente a aventureros de toda Europa.

Aunque españoles y portugueses se preocupaban por respetar sus respectivas esferas de intereses, que por lo demás se consolidaron cuando las dos Coronas se unieron bajo la Casa de los Habsburgo, en 1580, esas inhibiciones no desalentaron a otras naciones.

La posibilidad de que el reparto del botín atlántico consagrado por la autoridad papal mantuviera su vigencia se esfumó como consecuencia de la Reforma de los años 1520 y 1530, durante la cual zonas importantes del Noroeste de Europa renunciaron a su lealtad a Roma.

El protestantismo prosperó particularmente en las comunidades y puertos comerciales de la Francia atlántica, los Países Bajos, Londres -que era ya la ciudad comercial más importante de Europa-, y entre los hombres de mar del Sudoeste de Inglaterra.

En 1561, el secretario de Estado de la reina Isabel I, William Cecil, hizo investigar la Ley Internacional del Atlántico y comunicó con la mayor firmeza al embajador de España que el Papa no había tenido la menor autoridad para otorgar esa concesión.

Lo cierto es que de antiguo se había mantenido una tradición, tenazmente sostenida por los marinos hugonotes franceses, que por principio rechazaban todo cuanto el catolicismo afirmara, según la cual las reglas aceptadas para la guerra y la paz quedaban en suspenso más allá de una línea imaginaria que pasaba por el medio del océano Atlántico.

Esta línea era aún más vaga que la que fijaba la concesión original del Papa, y nadie sabía exactamente dónde estaba. Pero la teoría y, desde luego la práctica, de “no a la paz más allá de la línea” era un hecho consumado en el siglo XVI.

Por otra parte es muy significativo que, desde sus orígenes, el Nuevo Mundo fuera considerado casi sin discusiones un hemisferio en el que la Ley no era aplicable y en el que la única expectativa era la violencia.

Desde los primeros años del siglo XVI, pescadores bretones, normandos, vascos y franceses (de La Rochelle) habían explotado los ricos bancos pesqueros cercanos a Terranova y Labrador. Alentados por la abundancia de las redadas, y por la información que les llegaba acerca de las riquezas en tierra firme, dieron un paso más.

En 1534, el marino francés Jacques Cartier, de Saint Malo, remontó el río San Lorenzo, pasó el invierno en el lugar que él mismo llamó Stadacona (Quebec) y llegó hasta Hochelaga (Montreal).

En 1541 volvió, en busca del “Reino de Saguenay”, del que se decía que era rico en oro y diamantes. Pero el oro resultó ser pirita de hierro; los diamantes, apenas cristales de cuarzo; y la expedición, un fracaso.

Cuando las guerras de religión comenzaron a desgarrar a Europa, el gran dirigente protestante francés Gaspard de Coligny, almirante de la Marina francesa, envió una expedición a colonizar una isla en lo que es ahora el inmenso puerto de Río de Janeiro.

Esto ocurrió en 1555 y, al año siguiente, se despachó un contingente de refuerzo de 300 hombres que debía unirse a la expedición, muchos de los cuales fueron escogidos por Juan Calvino en persona. Pero las cosas no salieron bien, y en 1560 los portugueses, viendo que la colonia era débil, la atacaron y colgaron a todos sus habitantes.

Los franceses también instalaron colonias de hugonotes en Fort Caroline, al norte de la Florida, y en Charles Fort, cerca del río Savannah, en 1562 y 1564. Pero los españoles, cuyo gran explorador Hernando de Soto había hecho un reconocimiento de toda la zona entre los años 1539 y 1542, tenían bajo la mira a los intrusos, en especial a los protestantes.

En 1565 atacaron Fort Caroline y asesinaron a la colonia entera. Al año siguiente hicieron lo mismo con Charles Fort, y erigieron allí sus propias fortificaciones en San Agustín y en la isla de Santa Catalina.

Seis años más tarde, en 1572, militantes católicos franceses perpetraron la matanza de San Bartolomé, en la que resultó asesinado el almirante Coligny, con lo que pusieron fin a la primera fase de la expansión transatlántica francesa.

Tras el vacío dejado por el descalabro del protestantismo francés, desembarcaron los ingleses, y su aparición en escena constituye el origen más remoto del pueblo norteamericano.

Ver: ¿Qué sucedió en el mundo en estos años? (1480 / 1491)

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