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Esteco: fatalidad y mito en la conquista del Tucumán

... esta ciudad tendrá treinta casas y en todo su distrito casi dos mil ánimas / muy pocos yndios / cáense cada día muertos de repente todos macillentos / las cofradías y cosas sagradas tan sin respeto que es menester andar a palos para que tomen las varas del santísimo sacramento quando sale / el templo es muy bueno mal prevenida la sacristía / bien muestra dios el enojo que tiene con esta ciudad y en sus castigos la gravedad de las culpas peste continua zapas culebras tigres un monte toda la ciudad y los mayores temblores que yo e visto en las yndias...(1).

(1) Fray Melchor Maldonado de Saavedra, Obispo del Tucumán, 1636. // Citado por José Oscar Frigerio. “Esteco: Fatalidad y Mito en la Conquista del Tucumán”.

Cuando comencé esta investigación, la primera pregunta que me alentó a proseguirla fue: ¿cómo es posible tanta sorprendente diferencia entre la realidad histórica de Esteco y las leyendas creadas por la imaginación popular? Luego me sedujo encontrar aquellos rasgos que habían posibilitado, increíblemente deformados y agigantados, tanta fabulación(2).

(2) José Oscar Frigerio. “Esteco: Fatalidad y Mito en la Conquista del Tucumán”, extracto del trabajo publicado en la colección “500 Años de Historia Argentina” (1988), tomo 3, editado por la revista “Siete Días” bajo la dirección de Félix Luna.

Quería encontrar los mecanismos de la traspolación y, en todo caso, su justificación lógica, si la había. Creí encontrar algunas respuestas, en la categoría de “mito”, con la que creo se corresponde Esteco y sus fantasmas, actualmente.

Es necesario diferenciar la Esteco histórica, desaparecida en 1692, de la actual, mítica y fantasmagórica, presente, sin embargo, en el inconsciente colectivo norteño. La documentación existente no permite fabular sobre su riqueza material, ni sobre los excesos pecaminosos que la llevaron a ser la “Sodoma americana”; antes bien, nos acerca al sufrimiento, sacrificios y lucha denodada de un puñado de hombres que llevaron a cabo la difícil misión de poblar una ciudad en un punto nodal de las rutas de los conquistadores del siglo XVI(3).

(3) Se agrega como lectura este material porque vecinos oriundos de Esteco terminarán por ser vecinos de Corrientes. Hacia fines de 1586, la Gobernación del Paraguay y Río de la Plata atravesaba por una disputa que se había suscitado entre los vecinos de las ciudades de Talavera de Esteco y Concepción del Bermejo, por los indios encomendados, disputa que traería, como consecuencia futura, que los vecinos encomenderos de Esteco se mudaran a la Ciudad de Concepción del Bermejo para conservar sus encomiendas, entre ellos, Antón Martín de don Benito y Gaspar de Serqueyra, que luego serían vecinos de la Ciudad de San Juan de Vera, por la despoblación de Concepción del Bermejo ocurrida en el año 1632.

Equidistante, por igual, de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, Talavera de Esteco (más tarde, Talavera de Madrid) sería -al decir de José Torre Revello- “baluarte de la civilización contra el avance de los indios del Chaco, durante todo el siglo XVII”, soportando, con heroico sufrimiento, sus temerarias correrías.

La imaginación popular ha trastocado el fundamento histórico, cambiando el sentido pretérito por uno nuevo, de signo negativo, como parece enunciar la copla popular salteña, que reza:

No sigas ese camino / no seas orgulloso y terco / no te vaya a suceder / como a la ciudad de Esteco”.

Ese mismo sentido que hacía decir a Emilio Morales -quien trató de desenterrar los restos a principios del siglo XX-,

... se encuentran peones para cualquier clase de trabajo, menos para éste, pues la leyenda coriente hace creer al pueblo inculto que cuantos remuevan las ruinas de Esteco, serán perseguidos por las ánimas en pena, que se vengarán de ellos provocando su desgracia. Muchas veces, que me alejaba de las excavaciones para examinar algunos otros restos, encontrábame al regreso, con que los peones habían abandonado el trabajo, porque oyeron el canto de un gallo, o porque vieron un fantasma que se asomaba a los hoyos recién abiertos”.

Actualmente, sólo queda la pervivencia mítíca pues, como me escribiera el poeta salteño Fernando R. Figueroa, de los restos materiales “ya nada queda”, por culpa de los propietarios de la Estancia Esteco.

Dentro de ella,

subsistían algunos vestigios..., (pero) hace muchos años que fueron destruidos bajo el peso de enormes arados y tractores que roturaron la tierra para dar lugar a grandes sembradíos...”.

- Perfiles históricos originales versus mitomanía

Esteco, como algunas de las primitivas ciudades de la conquista del Tucumán, fue desplazada de su lugar original y, como ellas, fue base de una ciudad importante.

Nació bajo la influencia del capitán Francisco de Aguirre, quien sería

la personalidad más descollante en la conquista del Tucumán y hubiera llegado fácilmente al Río de la Plata, de no haberle deparado su infortunio aquel ingrato episodio del motín soldadesco, origen del proceso que terminó con sus grandes planes de conquistador”.

Aguirre trasladó la ciudad del Barco, fundando la Santiago del Estero actual, y ordenó la fundación de San Miguel de Tucumán, en base a la antigua Cañete.

Cuando en 1566 emprendió una expedición a los “Comechingones” para

descubrir la mar del norte y poblar un pueblo para que por allí todo este reino del Perú se tratase y se pudiese con facilidad yr a España”, sucedió lo imprevisible.

La nueva fundación estaría ubicada, presumiblemente, cerca de la actual Córdoba, a no mediar un motín que sublevó a la mayor parte de los 120 hombres que habían salido “bien armados y montados” de Santiago del Estero.

Cabezas visibles fueron Gerónimo Holguín, Diego de Heredia, Juan de Berzocana, Martín de Almendras y el licenciado Julián Martínez, clérigo que dio fundamento para promover acusaciones contra Aguirre frente al Tribunal de la Santa Inquisición.

Engrillado junto con sus hijos, fue conducido Aguirre hacia Charcas, mientras una parte de los conjurados permanecía en la zona, con el plan de fundar una ciudad, para aliviar, en parte los efectos negativos del motín. Así se pobló Esteco, nombre  derivado de un “poblado de naturales” que -según Ruy Díaz de Guzmán-, había dado nombre a toda la provincia.

Para José Torre Revello, el nombre de la nueva fundación fue Cáceres, debido a que así se llamaba el paraje español de nacimiento de Gerónimo Holguín, para lo cual cita documentos probatorios.

Pero los cronistas -Padre Lozano y Guevara-, y muchos otros testigos de la época, la llaman simplemente Esteco y, en general, fue el nombre que subsistió y fue adoptado unánimemente.

Estaba situada sobre las márgenes del río Salado, a 45 ó 50 leguas de Santiago del Estero, “entre el norte y poniente de la provincia de Esteco”.

La fatalidad signó a la villa desde el comienzo porque, mientras Francisco de Aguirre iba camino a un proceso ante la Santa Inquisición, su teniente de gobernador, Gaspar de Medina, lo vengaba, ejecutando a los principales complotados en Santiago del Estero. Incluso Gerónimo Holguín habría sido procesado y ejecutado en Lima. cerrando, de una manera trágica, el círculo de sangre de la fundación de Esteco.

No mucho después, y a medida que han transcurrido los siglos, la imaginación popular norteña (principalmente de la Provincia de Salta, también Tucumán y Santiago del Estero), añadió, a cada ladrillo de adobe, una intencionalidad mítica; a cada recodo y a cada palabra pronunciada, una intención diabólica, unas cuantas maldiciones y una rebanada de misterio.

Sin embargo, lejos estoy de creer que Esteco haya pagado históricamente su increíble deuda con un tiempo sagrado y eterno, infernal, en la que fue y es sumergida, inmolada, permanentemente sacrificada...

- El mito de su riqueza fabulosa

Una de las versiones míticas más difundidas, habla de la opulencia alcanzada por la villa de Esteco, la que, en un corto lapso, aventajó a todas las otras fundaciones de Tucumán, debido singularmente a la fertilidad de su suelo y a la explotación a que fueron sometidos los indios encomendados y brutalmente esclavizados.

Los primeros cronistas -RR.PP. Lozano y Guevara- difundieron tal versión, rernarcando que la ostentación llegó a tal extremo, que los caballos fueron calzados con herraduras de oro y plata, cuestión que le añadió un toque quimérico, por otra parte, totalmente alejado de la realidad.

Tras ellos se tejieron diversas variantes, con notables coincidencias unas y otras, por lo que añadiré que Arturo Dávalos afirmó que Esteco fue llamada “Reina de los Chacos”, por su opulencia, y que sus riquezas fueron obtenidas de yacimientos secretos. Roberto J. Payró, señaló, como capricho, el herrar en oro y plata a los caballos; Juan Alfonso Carrizo, habló de un gran “culto a la riqueza”; Berta Vidal de Battini, de su “abundancia y riqueza”, unido a la “vanidad de sus habitantes” y, Maximina Gorostiaga, de la gran cantidad de joyas y monedas de oro, que un vecino de la zona recordó, se habían encontrado hace muchos años en una excavación.

¿Cuál fue la verdadera existencia material de Esteco?

Muy diferente, a juzgar por la documentación de la época. Así lo entendieron también Andrés A. Figueroa, al decir que la imaginación le prestó “un carácter de opulencia muy lejano a la realidad”, y Paul Groussac, que habló de “delirantes exageraciones” alrededor de la “opulencia babilónica de Esteco”.

Sobre la fertilidad y riquezas de la zona, Roberto Levillier sostiene que los primitivos pobladores de Esteco no advirtieron la condición salitrosa del suelo, ni la proximidad inquietante de los indios del Chaco, todo lo cual iba a presionar negativamente sobre la viabilidad del asentamiento.

El Padre Lozano fue el primero en afirmar que la villa se había asentado en una zona de gran fertilidad, pues el terreno “era igualmente ameno que fecundo”, siendo que todo lo que se sembraba “era restituido con crecidas usuras”. Se plantaron muchas viñas, huertas y algodonales, sacando de éste grandes cantidades de lienzo al Perú. Miel, cera y colores para teñir lanas. Caza y pesca, suplían la falta de minerales.

El Padre Guevara añade que el sitio

era cómodo, el terreno pingüe y de meollo, el cielo benigno y de aspecto agradable, las aguas abundantes y saludables, la vecindad poblada de indios para el beneficio de la tierra, y entable de obrages de lana y algodón que enriquecieron con el tiempo la ciudad”;

y Pedro Sotelo de Narváez que

se asentaba sobre terreno llano, sembrándose trigo, maíz, cebada y otras legumbres, recogiendo miel, cera, grana, con viñas y árboles frutales”.

Claro que esa supuesta bondad del terreno no implicaba directamente que todo fuera maravila para los primeros pobladores. Menos que eso, los primeros años parecen haber sido difíciles, debido al salvajismo de los indios lugareños, indóciles y sin tradición laboral, más aún, casi nómades en su incultura, junto a la total falta de ayuda de parte de la Corona, que los dejara poco menos que librados a su propia suerte en esa aventura.

Así lo indican las Instrucciones dadas en 1589 por la Ciudad de Nuestra Señora de Talavera (Esteco) a su Procurador, Hernán Mejía Miraval. Allí se manifestaba que los vecinos poblaron Esteco con su propio peculio, pasando para ello “muchos trabajos y desnudeces”, vale decir, hambre.

Los indios de la zona eran bárbaros, así que todo lo tuvieron que hacer los vecinos, llegando a cavar la tierra con sus propias manos para sembrar, y a vestirse con cueros sobados de venados, pues a sus vestidos los tuvieron que vender en Santiago del Estero a cambio de comida.

Según carta de 1586, el gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velazco, señalaba la condición de pobreza en que halló a su provincia, siendo ya cuatro años que se padecía gran neceaidad de comida, por falta de ella, y los naturales, debido a tener mucho trabajo y hambre, se habían marchado a los montes, volviéndose salteadores de caminos. El hambre era producto de la gran sequía que asolaba la región.

Contradictoriamente, una carta del Tesorero de la Real Hacienda, Gerónimo de Bustamante, fechada ese mismo año (1586), informaba de un activo comercio desde Buenos Aires, por el Tucumán, hacia Potosí, a través de Salta.

Como esta última apenas había sido fundada (1582), implicaba hablar de la prosperidad de Esteco, equidistante, por igual, de Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y la novisíma Salta, lugar privilegiado para la detención de las carretas, en su marcha hacia La Plata (Charcas, Chuquisaca).

Otro tanto parecía decir Ramírez de Velazco, al denunciar la gran disminución en la riqueza de ganado, caballos e indios de la región, porque en los últimos años los habían sacado en en gran cantidad para Perú, Chile y Charcas. Era penoso para la región, pero implicaba un sólido intercambio entre regiones adyacentes.

Hacia 1592, Ramírez de Velazco fundaría la villa de la Nueva Madrid, o Madrid de las Juntas, como se la llamó, por estar ubicada en la confluencia de los ríos Salado y Piedras, o también, en la confluencia de los caminos que, desde Talavera de Esteco y San Miguel de Tucumán -según Manuel Lizondo Borda-, llevaban a Salta. Distaba 25 leguas de Salta, 25 leguas de Esteco, 30 leguas de San Miguel de Tucumán y 55 leguas de Santiago del Estero, la capital de la gobernación.

Su ubicación y suelo eran mejores que los de Esteco, su asiento más limpio de montes y alimañas, más fresco y sano.

Fray Diego de Ocaña testimoniaba, hacia fines del siglo XVI, diciendo que la villa de las Juntas era “pueblo pequeño, aunque muy rico en estancias de ganados”.

De Talavera de Estuco afirmaba que estaba junto a dos ríos, muy grandes, donde había dorados y otros peces en abundancia. Alrededor de su ejido había muchos pueblos de indios en paz, y en los campos muchos avestruces, que los indios comían en sus fiestas y, con sus vistosas plumas, cubrían sus desnudeces.

En la zona se producía vino y frutas en abundancia, abundaban las palomas y patos del monte. La principal producción era el algodón; también había mucha miel con la que fabricaban turrón, reemplazando las almendras por pepitas de zapallos, igualmente sabrosas.

Por lo visto, toda la información reseñada sobre los primeros tiempos de Talavera de Esteco mueve a considerar que, si bien hubo tiempos de penurias para sus vecinos, la naturaleza era pródiga en algunas bondades, que hacían llevadero habitarla. Además, hasta la fundación de Madrid de las Juntas, gozó de posición inmejorable para el comercio entre Buenos Aires y el Perú.

Es probable que, si bien nunca contó con las extraordinarias riquezas en oro y plata que le fueron adjudicadas, haya participado, en estos años, del contrabando de plata del Cerro Potosí, vía Buenos Aires - Brasil. Gerónimo de Bustamante afirmaba, hacia 1586, que había en el Tucumán plata labrada y joyas para quintar, por valor de 20.000 pesos.

El mismo gobernador Ramírez de Velazco, denunció el contrabando que concretaba el codicioso obispo Francisco de Vitoria, en esos años, quien, vinculado a oidores de la Audiencia de Charcas, exportaba ganado y frutos de la tierra al Perú (incluía tal denominación al Alto Perú, con Potosí), a los que convertía en barras de plata que remitía a Brasil por la vía fácil de Buenos Aires.

En Brasil, compraba negros y artículos de consumo y, tan ilegalmente como lo anterior, vendía su carga en el Perú. Pero esta situación no duraría mucho, porque al decir del mismo Ramírez de Velazco, hacia 1596, como en el Tucumán “no corre oro ni plata”, no quieren acudir los sacerdotes.

- Sobre los indios encomendados y el traslado de la Villa

Después de concretarse la ilegal fundación de Esteco (1566), parece que hubo una primera repartición de encomiendas. Pero, generalmente, los historiadores coinciden en destacar que la auténtica y definitiva se produjo con el gobernador Diego de Pacheco (1567-1569) y su teniente, Juan Gregorio Bazán quien, con una expedición al río Bermejo, acrecentó enormemente el número de indios encomendados en la Villa, imprescindibles para los trabajos agrícolas en las chacras y el servicio de las casas.

Generalmente se coincide en que se encomendaron alrededor de 8.000 indios a 40 encomenderos, al principio (Padre Lozano), aunque Ruy Díaz de Guzmán afirma que fueron 60 encomenderos. Pedro Sotelo de Narváez, calculaba también 40 encomenderos, con 6.000 ó 7.000 indios tonocotes y lules encomendados.

Si bien es cierto que el Padre Lozano habló de los cincuenta pueblos de indios encomendados a Esteco, que languidecían de hambre bajo el peso de una miserable esclavitud, la Instrucción de 1589 imploraba merced de las encomiendas que los estequeños ya poseían por dos vidas, para que fueran por cuatro vidas, debido a que la servidumbre de los indios no alcanzaba para el sustento de sus casas ni la de sus hijos, quedando, por lo tanto muy pobres (¡!).

Los vecinos sostuvieron que los indígenas de la zona eran bárbaros, nada afectos al trabajo, y que ellos los habían ido reduciendo y poblando en asientos, donde fueron industriados, recibiendo la ley evangélica y doctrina cristiana.

El único provecho que brindaban era su servicio personal, y si alguno daban -añadían-, fue por el esfuerzo de los encomenderos. También solicitaron que fueran devueltos todos los, naturales que habían sido enviados al Perú y otras regiones.

Los abusos en las encomiendas del Tucumán fueron denunciados frecuentemente por esos años, como un anticipo de las polémicas “Ordenanzas de Alfaro”.

En 1586, Gerónimo de Bustamente señaló el trato inhumano dado a los indígenas encomendados, aplicándoseles castigos feroces como el desjarretamiento, o cortarles manos y pies. Ramírez de Velazco, en 1596, señala notables abusos, afirmando que los 5.000 indios encomendados del Tucumán “se consumen y acaban” aportando su servicio personal.

Algunos encomenderos explotaban a los indios, haciendolos trabajar tres o cuatro veces más de su capacidad. Las indias tributaban una onza de algodón hilado por día, cuatro días a la semana, lo que les impedía atender a sus hogares y familia, por lo que los esposos e hijos las abandonaban, huyendo a los montes u otras gobernaciones.

Apenas Francisco de Aguirre fue puesto en libertad, tras defenderse en Lima de las acusaciones ante la Santa Inquisición, regresó al Tucumán, confirmado en el cargo de gobernador. Una de sus primeras medidas fue ordenar el traslado de Talavera de Esteco, alegando la necesidad de encontrar mejor sitio, “más cómodo y allegado a los naturales”, sin ocultar su resentimiento, al decir que tal fundación había sido concretada por “tiranos” que carecían de “poder para ello”.

Sin embargo, el fundamento real del traslado no tardaría en evidenciarse, debido -según Juan Ramírez de Velazco-, a que Esteco fue erigida sobre un salitral, y tenía lugar más cómodo 20 leguas río arriba, “en parte permanecedera”. En ese preciso lugar, levantaría su Madrid de las Juntas.

A principios del siglo XVII se inició, ante el Consejo de Indias -según Torre Revello-, el expediente que promovería el traslado de la villa unas 25 leguas río arriba, 3 leguas más allá de Madrid de las Juntas. Había razones de peso para la medida, que iban más allá de la cuestión de que la fundación de 1592 había quitado gran parte del comercio a Esteco.

Por real cédula de 1604, se ordenó al presidente de la Audiencia de Charcas, que informase si se remediaría la decadencia de Esteco, debido a la disminución de indígenas que experimentaba por el excesivo trabajo a que eran sometidos, al tener que sostener la acequia con la sola fuerza de sus brazos, y si convenía trasladarla al lugar donde se levantaba Madrid de las Juntas.

Un año después, el gobernador Francisco de Barraza y Cárdenas (1602-1606), confirmó la necesidad del traslado, informando que la acequia de Esteco era muy profunda y, al no tener firmeza, sus bandas se derrumbaban constantemente, obligando a su continua reparación, lo que fatigaba mortalmente a los indígenas dedicados a esa tarea.

Añadía que la villa estaba erigida sobre unos “arenales y salitrales malditos”, rodeada de montes, siendo el lugar más cálido de la gobernación. El salitre se comía las paredes de las casas de la ciudad, y los indígenas languidecían, dedicándose diariamente a su reparación.

Fray Reginaldo de Lizárraga aseguraba que “los vecinos estaban descontentos del asiento, porque la madre del río es arenisca y no pueden hacer molinos en él”, declarando que se mudarían 25 leguas más cerca de Salta, a un asiento mucho mejor, donde sí “pueden sacar acequias y hacer molinos”, había mucha madera para edificar las casas, el suelo no era salitroso, había piedra para hacer cal y buena tierra para teja.

Pero la fatalidad acompañaba a Esteco, porque apenas trasladada (lo que eran medidas de auténtica justicia, respecto de las encomiendas), la dejarían poco menos que desamparada, iniciando su rápida decadencia.

La Información elevada por el Cabildo de la nueva Talavera de Madrid (fusión de Talavera de Esteco y Madrid de las Juntas en 1609/10), afirmaba tres años después que los vecinos quedaron en una “extrema pobreza”, a causa de que Francisco de Alfaro, con sus Ordenanzas, impuso la incapacidad de los indios de pagar tasa, además de concederles una libertad que impidió se prosiguiese levantando la ciudad trasladada, como que quedaron sin construirse las casas, edificios públicos e iglesias.

Los vecinos declararon que no tenían con qué pagar los jornales que impuso Alfaro, y que los indios huían a los montes o se ocupaban en borracheras e idolatrías. Su número era, además, cada vez más escaso, debido a las muchas enfermedades que los habían ido consumiendo. En Talavera de Madrid había alrededor de 1.000 indios en pueblos-estancias, de los cuales 500 ó 600 eran de tasa o tributarios.

Asimismo, gracias al infalible Alfaro, también se impusieron barreras comerciales, que impidieron el comercio directo entre Buenos Aires y el Perú o Chile, lo que significa terminar con el floreciente comercio de Buenos Aires y el Tucumán hacia la plata del Potosí e, incluso, hacia España y Brasil. Los únicos beneficiados eran, indudablemente, los comerciantes de México y Perú.

Ya los vecinos de Talavera de Madrid habían perdido más de 200.000 pesos al abandonar sus chacras y casas para refundar la villa, cuando Alfaro, con sus ordenanzas, impidió que continuara su prosperidad comercial y también la aligeró de parte de la servidumbre indígena, la otra fuente de su riqueza. Pero aún sobrevendrían otras calamidades, a lo que sería innegablemente un destino signado por la fatalidad.

- Mito del castigo divino (Sodoma americana)

No puede hallarse, seguramente, en lo mucho escrito sobre Esteco, nada más imaginativo que las fantasías creadas alrededor de los excesos pecaminosos de la villa, su vida disipada, los vicios y placeres que habían provocado la ira divina, teniendo como resultado último y fatal el cataclismo de 1692, que la redujo a cenizas y escombros.

Fue comparada antaño y modernamente con las bíblica Sodoma y Gomorra, a las que el Dios de Israel destruyó por sus excesos, sin faltar en nuestra Esteco la mujer, que se convierte un piedra debido a una inobediencia, resabio de la mujer de Lot.

En nuestro caso, Roberto J. Payró, Berta Vidal de Battini, Carlos Reyes Gajardo. Juan Antonio Carrizo, Fernando R. Figueroa, Maximina Gorostiaga y muchos otros, hasta el presente, dejaron aportes poéticos y estudios sobre el valioso acervo mitológico asentado sobre Esteco.

Como un intento de respuesta, seguramente debemos preguntarnos, junto a Teresita Faro de Castaño: ¿Surgió el mito por el miedo a la transgresión de la Ley moral - religioso - social? O afirmar, con Mircea Eliade, que el mito es ejemplarizador, porque al tratar de seres sobrehumanos y de lo sagrado, instituye modelos de conducta a imitar. Siendo real y sagrado, el mito se vuelve ejemplar y, en consecuencia, repetible, por cuanto sirve de modelo y justificación para todos los actos humanos. Se torna modelo para el mundo entero y la eternidad.

Es probable que no haya una única respuesta a nuestros interrogantes sobre Esteco, pero debemos tener presente que la puerta que se abre al infinito, a lo intemporal o fantasmal, tiene una correspondencia vital con nuestros propios tabúes y fantasmas. Presente activamente en el inconsciente colectivo norteño, el mito de Esteco sirve como agente de represión social sobre ciertos comportamientos de índole moral y religiosa.

- "Ciudad de la lujuria"

Las principales disputas entre los dos poderes en la gobernación del Tucumán, transcurrieron durante el obispado de Francisco de Vitoria, aproximadamente entre 1580 y 1592.

Se pueden señalar dos etapas, bien diferenciadas del conflicto: la primera tuvo como actores al deán Francisco de Salcedo, enfrentado al gobernador Hernando de Lerma (1580-1584) y, la segunda, al propio obispo Vitoria contra el gobernador Juan Ramírez de Velazco (1586-1593).

Salcedo fue nombrado por Vitoria cuando se encontraba en Lima(4), curando una enfermedad, como deán de la iglesia Catedral del Tucumán, con sede en Santiago del Estero. Portugués, como su mandante, Salcedo era pendenciero, vanidoso y soberbio -al decir de Ramón J. Cárcano-, y celoso de los privilegios de la Iglesia, por lo que llegó a decir:

“Los gobernadores no han tenido clérigos que los sepan domeñar, y agora yo lo haré. Si el gobernador no hace justicia en las partes que yo intervenga, lo he de excomulgar”.

(4) Ernesto J. A. Maeder, en su libro “Nómina de Gobernantes Civiles y Eclesiásticos de la Argentina durante la época española. (1500-1810)”, dice lo siguiente: “El Obispado del Tucumán fue creado en virtud de una petición de Felipe II, por real cédula del 15 de Marzo de 1568 y obtuvo su Erección Canónica por el Papa San Pío V, en C. S. del 10 de Mayo de 1570, con carácter de sufragáneo de Lima. Desde el 20 de Julio de 1609, pasó ser sufragáneo del Arzobispado de Charcas”, y luego: “Fray Francisco de Vitoria (dominico). 1582-1590. Presentado por Felipe II por real cédula del 23 de Septiembre de 1577; Provisión Canónica de Gregorio XIII, en C. S. del 13 de Enero de 1578; Ejecutoriales por real cédula del 31 de Julio de 1578. Tomó posesión en Talina, a principios de 1582; renunció a su Obispado en 1584 ó 1587 y abandonó su Diócesis en Abril de 1590”.

Como el gobernador Lerma no asistiera a su recepción, Salcedo le declaró la guerra, hospedándose en el convento de La Merced, desde entonces, su bastión. Insultos, amenazas e intrigas varias cruzáronse entre ambas partes.

El primer excomulgado por Salcedo, fue el teniente Miraval, que sólo había procurado calmarle durante una discusión violenta de aquél con Lerma.

Luego comenzó la lucha por cuestiones legales. El obispo Vitoria había sido autorizado para nombrar “motu propio”, cuatro beneficiados de la Iglesia Catedral. En cambio, sostenía Lerma, que el deanato no era un beneficio, sino una elevada dignidad que no estaba comprendida en la autorización invocada por el obispo y no podía dispensarce sin autorización del patrono.

Salcedo afirmaba lo contrario. Beneficiado significaba cualquier cargo u oficio de la Iglesia, debidamente constituido y, en ese caso, el obispo había procedido por derecho propio y delegación de la Corona. Aunque el derecho y la razón estuvieran de parte de Lerma, por lo que desconoció la autoridad del deán, este continuó, sin sentirse despojado de sus funciones, gobernando la Iglesia.

Lerma atacó el convento de La Merced, cuartel general de Salcedo. Basado en que algunas reales cédulas prohibían la concesión de encomiendas y repartimientos a iglesias o monasterios, salvo excepciones que no podían exceder de los diez años, declaró vacantes todos los indios que poseían los mercedarios.

De allí en más, para los recursos necesarios a su sustento, deberían recurrir al gobernador, igual que los franciscanos. Los damnificados negaron jurisdicción a Lerma, apelando ante la Audiencia de Charcas, naturalmente con el apoyo del deán Salcedo. A su vez, Lerrna desterró a Salcedo, y sus cómplices, a Talavera de Esteco. Allí, el deán sublevó a la población a su favor, deprimiendo la autoridad local con mayor facilidad que en Santiago del Estero. En el convento mercedario de Talavera, tuvieron mayores posibilidades de ocupaciones mundanas, saciar bajas pasiones y dirigir a la pequeña urbe.

Afirma Cárcano, que “el convento, en ciertas horas, era un cuartel y, en otras, una casa de placeres”, añadiendo que “por la noche, apenas terminadas en el templo las oraciones de práctica, se abría la puerta falsa del convento y penetraban sigilosamente mujeres embozadas”. Rematando: “Talavera era la ciudad de la lujuria”.

En cierta ocasión, los mercedarios no vacilaron en desafíar la autoridad real de Talavera, en abierto motín, al que concurrieron armados y atrajeron las simpatías de un sector de la población. Salcedo fue gobernante y caudillo en Talavera de Esteco. Formó su partido, con mujeres, niños y ancianos. Incluso con presos, que habían escapado de la cárcel, que ahora encontraban asilo seguro en el convento.

Su plan era reunir caballos y armas para presentarse ante la Audiencia de Charcas, con sus huestes talaverinas, como prueba viva de la tiranía de Lerma.

A fines de 1581, Lerma envió a Miraval en comisión para averiguar sobre estos hechos. Allí fue atacado frente al convento mercedario, insultado, y casi pierde la vida. Como Lerma creyera que la ciudad estaba totalmente bajo el poder de Salcedo, decidió presentarse personalmente allí, iniciando proceso de inmediato. Los cargos contra Salcedo fueron propiciar asaltos a mano armada, imponiendo retraimiento y silencio a sus autoridades y amenazando con ocasionar la emigración de la población entera.

Lerma dio fin rápidamente al proceso, decretando la prisión de Salcedo y sus cómplices. Enviados al Perú, por el camino los prisioneros encontraron al obispo Vitoria, que regresaba a su diócesis. Inmediatamente puso en libertad al deán y los suyos, haciéndose cargo de su causa. Absolviólo de toda culpa y cargo y, en Santiago del Estero, manifestó a Lerma que Salcedo le era indispensable, aunque nunca más gobernaría la diócesis. El gobernador tuvo que aceptar la situación.

Dos años después, Vitoria viajó a Lima, encomendando la Administración de su diócesis a Francisco Vásquez, fraile dominico pendenciero y corrompido. Decidido a todo, Lerma envió a Lima al capitán Manuel Rodríguez Guerrero, para gestionar detuvieran al obispo, sin permitirle regresar, hasta que lo dispusiera. Pero fue una mala jugada, porque Lerma carecía de vinculaciones en la Audiencia, y de valedores en Lima.

La Audiencia decretó, primero, la prisión de Rodríguez Guerrero y, más tarde, la del propio Lerma. Le fue sustanciado un juicio en el que sus enemigos le endilgaron crímenes y herejías sin límites, aprovechando para liquidarlo pública y políticamente.

En la segunda etapa del conflicto, los polos del enfrentamiento se invirtieron, porque el obispo Vitoria, al sentirse dueño absoluto de la situación, desarrolló una ambición desmedida. Olvidó enseñar la doctrina cristiana y predicar a los indios, por estar más interesado en el acrecentamiento de sus intereses materiales, sufriendo sus constantes exacciones el vecindario de Santiago del Estero. Decretaba condenaciones eclesiásticas y multas, pedía limosnas para construir iglesias, y se guardaba lo producido, utilizaba como arma eficasísima las excomuniones, frente a las cuales indios ni españoles osaban contradecirlo en nada.

Cuando en 1586 es nombrado gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velazco, el conflicto se reavivó, por la fama justificada que aquél traía de prudencia, y por su profunda fe cristiana. Sus primeras medidas fueron castigar el concubinato (amancebamiento), la sodomía (homosexualidad) y el estupro (violación de menores), mandando quemar a varios hechiceros indígenas.

Hace lo imposihle para que haya más clero en las cinco ciudades importantes del Tucumán (Santiago del Estero, San Miguel, Esteco, Córdoba y Salta), porque le consta “hacer mucha falta de sacerdotes” para adoctrinar a los naturales.

Hacia 1587, en Esteco, señala sólo cinco sacerdotes. Desde principios de su gobernación, Ramírez de Velazco debió luchar contra dos fuerzas considerables coaligadas: el obispo Vitoria y la Audiencia de Charcas. Encarcelaron y destruyeron a Lerma, preparando para su sucesor una suerte semejante.

El Gobierno personal y autoritario del primero, molestaba sus intereses, lo mismo que la Administración prudente y piadosa del segundo. Tucumán era, para Vitoria y sus aliados, una factoría comercial sin competencia, de la que extraían indios, ganados y productos de la tierra. Lo que de común tuvieron Lerma y Velazco, fue que ambos pretendieron evitar la expoliación de la gobernación.

Para boicotear a Ramírez de Velazco, le quitaron las regalías producidas por las encomiendas de Soconcho y Manogasta, próximas a Santiago del Estero. Eran el principal medio con que subvenían sus necesidades los gobernadores tucumanos, porque en ellas los indios cultivaban la tierra, cuidaban al ganado y tejían telas. También se negaron a pagarle sus sueldos como gobernador, efectivizados en las  Cajas de Potosí. Fue sólo luego de un largo pleito, y gracias a la intermediación de su esposa, que logró ese gobernador la restitución de los beneficios de Soconcho y Manogasta.

Denunció el contrabando que realizaba Vitoria por la vía de Buenos Aires - Brasil, con plata del Potosí, pero las importantes vinculaciones de aquél, hicieron imposible detenerlo en sus negocios. Finalmente, la muerte del obispo Vitoria hacia 1592, puso fin al conflicto.

En 1615, todavía las simpatías de Talavera de Madrid favorecían al ex deán Francisco de Salcedo, porque la villa solicitaba su nombramiento como obispo. Alrededor de 1620, en cambio, alababa las virtudes y dotes del nuevo obispo, doctor Julián de Cortázar (1618 - 1626). Dos años después, cuando se produjo el entredicho entre éste y el gobernador Juan Alonso de Vera y Zárate (1619 - 1627), por razones de jurisdicción en cuestiones del real patronazgo, el obispo se refugia en Talavera. Todos sus escritos de 1622/23, estuvieron fechados en ella, hasta que finalizó el conflicto.

- Maleficios, hechicerías, demonios

Debemos preguntarnos si gran parte de las fabulaciones sobre Esteco, no tuvieron como importante responsable al obispo, fray Melchor Maldonado de Saavedra (1635-1661).

Fue el creador de la caracterización de que la villa era objeto de la ira divina. Así lo manifestaría en 1636, con motivo de una recorrida por su diócesis, al atribuir a culpas humanas las catástrofes naturales que azotaban la ciudad, en un remedo de las “siete plagas de Egipto”.

Por cierto que algunos testimonios corroboran que no todo era fruto de la imaginación, aunque no existían, seguramente, pruebas de que dependieran de la ira divina (¡!). Sobre la peste, en 1590, Ramírez de Velazco informaba sobre una epidemia que causaba grandes estragos entre los indígenas, no sólo en Esteco, sino en toda la gobernación, y el Perú.

Y Acarette afirmaba, en 1658, que Esteco había quedado arruinada, “a causa del gran número de tigres que lo infestaban, devorando a sus niños y, algunas veces, a los hombres”; también señalaba que había “un número increíble de moscas venenosas, que pican agudamente, de las cuales está lleno el país”.

Su versión avalaba el testimonio dado por fray Diego de Ocaña, a principios de ese siglo, cuando hablaba de los pantanos próximos a Esteco (de ahí las moscas), y de la gran cantidad de tigres que devoraban el ganado de la villa de las Juntas.

Pero la situación más grave sucedió mucho después. Hacia 1654, el obispo Maldonado encontraba a Talavera de Madrid víctima de un maleficio, cuyo principal responsable era el negro Diego Cabinda, quien había entrado a la gobernación gracias a la ayuda de doña Teresa de Rivera y Cortés, su cómplice en el arte de la hechicería.

Maldonado halló “introducido en ella, adivinanzas en agua”, todos supersticiosos y en pacto con el demonio, teniendo ello como consecuencia que “se hicieron muchas ofensas a Dios, deshonrándose linajes, ejecutándose muertes violentas por la justicia y otras muchas atrocidades, negando el viático a los ajusticiados...”.

Apoyaban a los hechiceros funcionarios tan importantes como el alcalde ordinario Luis Velázquez y Valderrama; el cura de la villa, Bartolomé de Rivera y Cortés (hermano de la nombrada), incluyendo varios frailes que practicaban en sus celdas, las supuestas hechicerías y adivinanzas.

El obispo prendió a doña Teresa y su hermano cura, y terminó excomulgando al alcalde. La querella duró varios días, apareciendo la villa llena de libelos, con amenazas contra la integridad del obispo. El Cabildo tuvo que intervenir para garantizar la seguridad de su estadía. Maldonado publicó una pastoral de apuro, preguntando: “¿Por qué queréis que no limpie esta ciudad de una nueva secta de adivinos, de curadores, de hechiceros?”

Significativamente, a pesar del expediente que promovió en la Audiencia de Charcas sobre la cuestión, el obispo Maldonado nunca pudo probar la veracidad de sus acusaciones. Pero Esteco adquirió una fama de la que no se libraría jamás. Algo diabólico la envolvió desde entonces... Bien dice el proverbio: “Cría fama... y te arrancarán los ojos”.

- Indios rebelados y la decadencia final

Fueron frecuentes, a lo largo de toda la existencia material de Esteco, los alzamientos de las tribus seminómades asentadas en su área de influencia. A pesar de estar situada en los valles calchaquíes, también dominaba la entrada al Chaco, por lo que se convertía en punto estratégico de defensa. Así se la consideró, a partir del siglo XVII, cuando se erigió en plaza de armas y presidio.

Los belicosos alzamientos indígenas se sucedieron con algunos interregnos de paz. En el segundo cuarto del siglo XVI, los calchaquíes se sublevaron, bajo la jefatura del cacique Juan Calchaquí, pero terminaron pactando con el gobernador Ramírez de Velazco la paz, hacia 1588/89. Este famoso cacique se avino a abrazar el cristianismo, y permitió a los jesuitas adoctrinar en su territorio. Pero al morir, hacia 1612, se inició un nuevo período preparatorio de la rebelión de las tribus de los valles calchaquíes.

Como a pesar de las “Ordenanzas de Alfaro”, notorios abusos continuaban con los indios encomendados. Se produjo, desde 1630 hasta 1635, un violento y cruento alzamiento de tribus diaguitas y calchaquíes, que conmovió profundamente al Tucumán. Villas y estancias fueron asoladas sin misericordia, hasta que el gobernador Felipe de Albornoz (1627 - 1638) sofocó rudamente la rebelión, con ayuda de Chile y Perú.

Luego sobrevino un período de veinte años de paz (1635 - 1655), cuando apareció el aventurero Pedro Bohórquez por el Tucumán, haciéndose famoso por sus embustes. Se hizo pasar por descendiente de los incas, a pesar de ser oriundo de
Andalucía, y llegó a captar las voluntades de los indígenas, al punto que fue reconocido como cacique y sucesor de Juan Calchaquí.

Incluso logró que un gobernador español le diera tratamiento de Inca, al azuzar su ambición, pues le había hecho creer que era único depositario de un secreto sobre minas que le habían revelado los indígenas. El falso Inca, levantó a los diaguitas y calchaquíes contra las autoridades, hasta que fue finalmente derrotado y ejecutado (1656-1659).

A partir de entonces, se produjo una ofensiva generalizada y progresiva de parte de las tribus del Chaco. En 1659, los guaycurúes atacaron las estancias del Salado y la ciudad de Santa Fe. Los ataques recrudecieron paulatinamente, en un avance general.

Los mocovíes fueron los principales agresores, a partir de 1660/62. Esteco fue una de las ciudades que soportó las consecuencias más desastrosas, debido al abandono en que vivían sus habitantes, la falta de los principales recursos para la guerra y la inoperancia de las autoridades, que no le permitieron afrontar la defensa con la energía necesaria.

En un Memorial de 1664, la ciudad de Talavera de Madrid se calificaba como llave de los reinos y provincias de Chile, puerto de Buenos Aires, Paraguay, provincia del Tucumán y reinos del Perú, lamentándose de que hacía más de veinte años que vivía amenazada de ser arrasada por los indios fronterizos.

Igualmente, en un escrito del Cabildo de San Miguel de Tucumán (1666), se afirmaba que Esteco

“se mantuvo hasta que el enemigo infiel, con sus invasiones, la despobló, y se apoderó de ella por muchos años, donde se sacrificó este vecindario, perdiendo la vida muchos vecinos, hasta que fue restaurada, y después de haber derramado tanta sangre, manteniendo en ella fortaleza con guarnición y su cabo, todos vecinos de esta Ciudad, y quedar sosegada por haberse avanzado tierra y ponerse los presidios más adelante con lo que se ha ido poblando...”.

El año anterior, el gobernador Alonso de Mercado y Villacorta (1664 - 1670), propuso fortificar la villa y guarecerla con 30 ó 40 hombres a sueldo, a la par que se entablaría una guerra defensiva contra las tribus alzadas. Al terminar su segundo mandato, Mercado y Villacorta vio concluido el fuerte de San Carlos de Talavera, guarecido por 20 hombres únicamente.

Poco antes del terremoto decisivo, la villa soportó un malón, hacia 1686, que prácticamente la arrasó. Por entonces, ya oficiaba de presidio de los indios tomados en expediciones punitivas. Ese año, soportó un malón de por lo menos 800 mocovíes, en la tarde del Viernes Santo, con el objeto de liberar cautivos. Sin embargo, a pesar de las incontables muertes que hubo por ambas partes, los indios no consiguieron tomar la plaza.

El gobernador de entonces, Tomás Félix de Argandoña (1686-1691), informó que en el presidio de Esteco no encontró ni seis vecinos vivos, y apenas diecisiete soldados y oficiales en el fortín.

De las tres iglesias, dos estaban arrasadas. Uno de los motivos por los que los indios lograron introducirse varias veces con éxito en la ciudad, sería que las casas estaban metidas dentro de un monte altísimo y espeso, por lo que Argandoña ordenó desmontar (quitar el monte) a la villa y amurallarla, para lo cual solicitó donativos en Salta y Jujuy. Entre sus objetivos se contaban pagar un pequeño regimiento ubicado en la plaza de armas de Esteco y levantar una muralla alrededor de ella. Ya había alcanzado a levantar una porción importante, cuando se le ordenó que no prosiguiese.

Cuando el terremoto de 1692 se produjo, Esteco sólo poseía importancia militar, defensiva y, aún así, a duras penas mantenía su existencia. En 1691, le habían sido enviados dos socorros, uno de 20 hombres, por dos meses, ayudados con 50 pesos, y, otro, de 25 hombres.

Así lo declaraba un Memorial de la ciudad de Catamarca, elevado

“por haber sobrevenido, el día trece de Septiembre pasado de este año (1692), un tan grave temblor que causó muchos daños a las ciudades de esta provincia y, en especial, en la ciudad de Esteco y su presidio, que lo arruinó sin dejar más muestra de sus edificios que los cimientos...”.

Salta experimentó igual violencia del terremoto, pero es creencia popular que la ciudad se salvó al invocar a la Virgen María, en su concepción de Nuestra Señora del Milagro, y a sacar en procesión al “Cristo del Milagro”, que había yacido, un siglo, olvidado. Así consta en Actas del Cabildo salteño, concretándose, desde entonces, una solemne procesión cada aniversario del suceso.

- El mito de la mujer de piedra

Fantasmal, furtiva, la mujer de piedra vuelve a aparecerse -según cuenta Maximina Gorostiaga y muchos otros-, a vecinos de Metán o de Cachi, mientras cada año registra su avance, lento, pero dramático, hacia su destino: Salta. Y a su llegada, se producirá el fin del mundo...

Ella es, seguramente, la supervivencia más importante y rotunda del mito de Esteco, la más ejemplificadora. Bajo su sombra, fue tejida toda una parábola, la que se ocupan en narrarnos diversos poetas y escritores, como Juan Alfonso Carrizo, Berta Vidal de Battini o Fernando R. Figueroa.

Cuentan que un predicador había llegado a la licenciosa Esteco y, viendo la falta de fe, los pecados y excesos mundanos de sus habitantes, predicó la penitencia y la necesidad del arrepentimiento. Pero sus palabras cayeron en saco roto. Los hombres se burlaron, colocando herraduras de oro a sus cabalgaduras. Y como el santón profetizara un terremoto, las jóvenes procaces y libertinas corrieron a las tiendas en demanda de “cintas color temblor”.

Pero el anciano igual continuó repitiendo con desesperada obstinación:

“¡Salta, saltará; San Miguel, florecerá; y Esteco perecerá!”

Un matrimonio humilde o, en otra versión, una mujer joven con una hija pequeña, habían dado gentil hospedaje al profeta, quien, para recompensarlas, antes de marcharse, les aconsejó abandonar la villa, pues pronto sería destruida por la ira divina. Además, les recomendó alejarse sin mirar hacia atrás, en el momento crucial del castigo.

Cuando la debacle se precipitó, ese fatídico 13 de Septiembre de 1692, la tierra abrió sus fauces y engulló las casas, poco a poco; la gente, enloquecida, huía; todo fue pánico y gritos. Alejada, esa mujer hospitalaria huyendo con su hijo en los brazos, había logrado poner mucha distancia entre sus pasos y la vorágine de lamentos de la catástrofe.

Sin embargo, algo en ella fue más fuerte que la orden recibida y, sin poder contener su curiosidad, volvióse a mirar cómo Esteco dcsaparecía, hecha trizas. Y en ese preciso instante, quedó convertida en piedra, junto a su niño.

Juan Alfonso Carrizo proclamó que la mujer convertida en piedra con su hijo en los brazos, aparecía de vez en cuando al pie del Cerro Lumbreras. Su error fue no obedecer el mandato divino, igual que la mujer de Lot, que se volvió estatua de sal. Algunas versiones la muestran volviendo al lugar donde estaba emplazada Esteco, siempre con el mismo resultado. Su llegada marcará el fin del mundo.

Carlos Reyes Gajardo concretó un interesante estudio sobre este mito, vinculándolo a un horizonte universal que demostraría la existencia de un sustrato común de la cultura popular: Sodoma y Gomorra, la fábula frigia de Filemón y Baucis, sobre la hospitalidad brindada a Zeus, e incluso la famosa mirada hacia atrás de Orfeo, que precipita en los infiernos a Eurídice, según los principales mitos universales asociados. Su afirmación más importante define que las catástrofes míticas se vinculan a la violación de un tabú religioso.

Para los hebreos, toda calamidad histórica o catastrófe natural, era considerada un castigo infligido por Yahve, su temible Dios encolerizado por el exceso de pecados al que se entregaba el pueblo elegido, o su acercamiento a otras divinidades, como Haal o Astarte, alejándose del culto verdadero.

Por ello, las catástrofes divinas los volvían a reponer en el recto camino de su Dios. Los profetas ampliaron, con visiones aterradoras, el castigo de Yahvé a su pueblo y, al ser validadas míticamente por catástrofes como la destrucción de Sodoma y Gomorra, los hechos históricos obtuvieron una significación religiosa, se volvieron teofanías negativas.

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