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Yapeyú

Yapeyú.

 

Población situada sobre el río Uruguay, un poco el Norte de la desembocadura del actual arroyo Guaviraví, Departamento San Martín.

Es el lugar del nacimiento del Libertador, general José Francisco de San Martín, las ruinas de cuya casa natal fueron declaradas Monumento Histórico por Ley nacional N° 6286.

La población está cargada de historia, porque fundada por los religiosos Roque González de Santa Cruz y Pedro Romero, en 1627. Fue importante centro de las Misiones Jesuíticas en su región Sur.

Conserva, como si fuera un mandato ancestral, un recatado ambiente, que sugiere evocaciones respetuosas. No obstante ello, cada vez que las grandes fechas lo ponen de manifiesto, su nombre es objeto de variados intentos de interpretación.

Un amigo mío, aficionado a la historia con algunos folletos publicados y que desempeñó altos cargos en la Provincia, me decía que peju es soplar, y le anteponía la sílaba ya, con lo que obtenía la palabra y su significado, que era “ya sopla”. Mi amigo no tenía inconvenientes en sumar un adverbio castellano como modificador de un verbo guaraní.

Pero su teoría iba más allá. Usted sabe, me decía, que los vientos que predominan son los del Este, y en el Este de la Provincia nació San Martín. Por lo tanto se trata de “los vientos de la libertad”.

Su teoría tambaleó cuando le recordé que un siglo antes de que nacieran, en España, los abuelos del futuro Libertador, ya los jesuitas difundían el Evangelio en Yapeyú.

Irreverentes como somos con el idioma, sobre todo con los idiomas americanos a los que consideramos lenguas de pueblos incultos, arremetemos contra ellos. Si un vocablo, sin mayor significación, merece respeto por el solo hecho de ser una creación inteligente, tanto más podemos decir de este nombre, que sugiere sagradas evocaciones.

Una dañina costumbre es practicada por muchos traductores. Separan una palabra en las sílabas que la componen y buscan el significado de cada sílaba. La suma de esos significados les da el significado final, que ofrecen luego como hallazgo.

Un folleto de la Dirección de Turismo de nuestra Provincia, dice que Yapeyú significa “fruto llegado a su tiempo”. Esto parece derivar de la traducción que se atribuye a Ricardo Rojas, quien habría afirmado que se trata de “fruto en sazón”.

El prestigio del autor de “El Santo de la Espada” contribuyó a difundir esta conclusión, que partía de las sílabas ape (superficie), que significaría corteza, a la que luego se le agrega ju (amarillo).

La corteza vegetal, como la piel animal, se llaman pire. Pero aún aceptando lo de “corteza amarilla”, sólo tendríamos apeju.

Para Mantilla, nuestro respetado historiador, se trata de “soplo del río” y descompone así la palabra: y (río); a (lugar), peyú (soplo).

No se incomoda Mantilla al transformar la vocal y, de río, en consonante, para unir a la a, y obtener “Yapeyú”.

Y no ha sido Mantilla el único que cayó en la tentación.

Análogos errores nos ofrecieron distinguidos estudiosos como Hernán Félix Gómez, Saturnino Muniagurria y Luis G. Zerviño. Todos ellos animados, naturalmente, de un profundo amor a la lengua.

Han profesado el idioma, pero no han sido lingüistas. El desconocimiento de los elementos que intervienen en la formación de topónimos y la falta de método, traicionaron sus amores.

La bivalencia consonante-vocal de la y, préstamo griego que llegó a España montado en el latín de los soldados romanos, les viene bien a los que pretenden aplicar su doble uso, también en las lenguas indígenas, con total desprecio de sus reglas gramaticales.

Bien; siendo abundantes las traducciones sin fundamento, volvamos al fundamento de nuestro método.

Ya hemos dicho cuánto le debe la toponimia a la fauna y a la flora.

Un poco más arriba, mencionamos una gramínea de nombre “yahape” o “yaape”.

También se llama Yaapeyú (Jaapeju, en la actual gramática guaraní). Se trata de la especie “Imperata brasiliensis”, abundante en los terrenos bajos y orillas de arroyos de Brasil, Paraguay y Argentina.

Esta gramínea, de un metro de altura aproximada, para afirmarse en los terrenos flojos que invade, emite, desde el cuello es decir, a ras de tierra, cinco o seis prolongaciones horizontales en forma radial. Estas prolongaciones tienen, más o

menos, veinte centímetros de longitud, y semejan agujas. Pues, el nombre guaraní de la aguja es ju. Por ello Yaapeyú (Jaapeju), es Yaapé (Jaape) con agujas.

Esta planta, como tantas otras, dio su nombre al arroyo, y de él lo tomaron los fundadores para instalar allí la Reducción de los Santos Reyes Magos de Yapeyú.

Como casi siempre, el santoral católico unido al nombre telúrico de la región del asentamiento. En toda América ocurrió lo mismo, desde México hasta Tierra del Fuego.

Revisé en la biblioteca de El Salvador la cartografía del Padre Guillermo Furlong S. J. y no encontré el arroyo Yapeyú. Pero encontré, sin embargo, en la Biblioteca del Instituto Nacional Sanmartiniano el ensayo histórico de José Torre Revello sobre este tema.

Dice así Torre Revello: “Yapeyú, nombre indígena del río a cuyas orillas se hallaba el pueblo...”. Y termina de esta manera: “El río Yapeyú, como se ha dicho antes que nosotros, no puede ser otro que el conocido actualmente con el nombre de Guaviraví”.

Desaparecida, como ocurre tantas veces, la advocación religiosa, queda en uso el nombre telúrico que perdura.

Así pues, los fundadores tomaron del arroyo vecino el nombre de su Reducción. El arroyo lo había tomado ya de su flora característica, como en tantos otros casos que hemos citado.

 

Bibliografía:

Material extraído de la obra “Toponimia guaraní de Corrientes”, del profesor José Miguel Irigoyen, editado por el Instituto de Antropología “Juan B. Ambrosetti” de la Universidad de Concepción del Uruguay (Entre Ríos), en 1994.

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