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La Casillita

Es uno de los puertos menores tradicionales de la ciudad, hoy comprendido en la amplia zona portuaria de nuestros días. Queda en la prolongación de la calle Mendoza, sobre la playa del río, y era, por sus condiciones, el lugar de amarre de la navegación en canoas, de las islas vecinas y las costas del Chaco y Paraguay(1).

La Casillita, cuyo nombre provenía de una pequeña guardia que controlaba ese tráfico y vigilaba el Paraná río arriba, está vinculada a una de las páginas más emocionantes de la sociabilidad correntina.

En Abril de 1865, fuerzas paraguayas ocuparon la capital correntina y su zona inmediata. Congregados sus varones, con su gobernante, en la villa de San Roque, organizaban las fuerzas, que fueron como una cortina opuesta a los empujes de los soldados paraguayos y, claro está que, desde los fogones de las milicias de la patria llegaban, a los hogares de la capital, mensajes de afecto en el deseo legítimo de suprimir horas de incertidumbre.

Fuese traidor, o desgraciado en su empresa, el mensajero, algunas de esas misivas cayeron en manos del invasor, y éste vio en sus destinatarios un peligro.

La represalia fue enérgica e inmediata. En las primeras horas de la madrugada, comisiones armadas, con órdenes severas, detuvieron en sus casas a damas distinguidas, congregándolas en las salas pesadas del Cabildo, advirtiéndoseles serían llevadas al Paraguay.

Victoria Bart de Ceballos, esposa de Alejo Ceballos, estanciero generoso que había puesto sus ganados al servicio de las proveedurías del Ejército; Carmen Ferré de Alsina y Toribia de los Santos de Sosa, esposas de los coroneles Fermín Alsina y Desiderio Sosa, jefes en las milicias correntinas en armas, y director, el último, de la defensa opuesta cuando el asalto y toma de los vapores argentinos en el puerto de la capital; y Encarnación Atienza de Osuna y Jacoba Plaza de Cabral, cuyos esposos revistaban también entre las fuerzas del gobernador Lagraña, fueron las víctimas de ese empeño torpe de responsabilizarlas de la existencia de comunicaciones.

Con ellas se embarcaron a algunos vecinos, como José L. Garrido, Ulpiano Lotero, Cayetano Virasoro y al anciano Alejo Ceballos, dándose la impresión de terror que el Triunvirato paraguayo necesitaba para obligar a la obediencia.

Cuatro años largos habían transcurrido desde esta página dolorosa de la sociabilidad correntina, y ninguna palabra podía fijar más exactamente su concepto, que la elegida por el pueblo: “las cautivas”.

La intuición popular es notable: lindando con las marañas difíciles del Chaco bravío y aun cuando los malones del indio hacía años no estallaban sobre la paz de los campos, la memoria colectiva conservaba las prácticas del horror del salvaje; sabía que, en su retirada, sin utilidad notoria, llevábanse a seres que caían en la servidumbre, tomados al azar de las cosas, cautividad fatal y, como tributo del grupo humano castigado.

Los desgraciados eran, para el vecindario, como un diezmo pagado al desatino y, junto al dolor de los hogares de las víctimas, estaba el pesar de la colectividad que fue incapaz de una defensa completa.

El “cautivo” pertenecía al pueblo todo y, por su repatriación, los votos y los esfuerzos colectivos.

El caso de las damas de 1865 era, para el pueblo correntino, como una página análoga. Víctimas de la fuerza, como pudieron serlo todos, no tenían en su haber saldo superior al de las demás mujeres de Corrientes, desde que todas alentaron la defensa de la Patria y oficiaron, con sus votos, por la justicia en el destino.

La mano del invasor, que las restó al hogar urbano, quiso con ello causar la sensación de terror que facilitaría su imperio y, por eso, eran víctimas expiatorias de la comunidad, respetadas en el recuerdo y objeto de un culto de fervorosa adhesión.

En 1869, victoriosos los aliados en el Paraguay, las cautivas fueron rescatadas y devueltas a la ciudad, que las recibió en masa, en medio de una enorme emoción.

Las damas repatriadas habían hecho la promesa de no hablar con nadie, ni esposo, ni hijo, ni hermano, mientras, postradas a los pies de la Virgen de las Mercedes, en su templo, no hubiesen rezado una Salve de gratitud a su divina protección.

Débiles, vencidas, querían llegar al templo a pie, última peregrinación en esos cuatro años largos de martirio.

El voto circuló como una orden. Las “cautivas” desembarcaron en los botes de la cañonera brasileña que las trajera desde Asunción, en el puerto de La Casillita.

Tras las cuatro damas, sombras de una juventud brillante que, con exquisito señorío, fueron lujo de los salones correntinos, la columna silenciosa musitaba sus oraciones. Había en el ambiente como una sensación de grandiosidad; el sol dorado, como nunca, en el cielo claro, sin una nube, ponía en la ciudad un aúrea de júbilo; entre el polvo de la marcha lentísima, los semblantes unían, al gesto de la compasión, el de la tranquilidad satisfecha y, sobre el pueblo congregado en las calles, las campanas.

Los bronces no estaban solamente en lo alto; estaban también en los pechos de los varones, que resonaban en el himno interior de la emoción; las lágrimas, benditas esta vez, caían como un tributo sin gesto de dolor, y nadie buscaba ocultar aquélla que traducía el jardín de su sensibilidad.

Cuando las damas repatriadas subían la escalinata del templo de la Merced, sus puertas se abrieron, destacando en la amplitud de su extensión, el altar mayor, donde la luz y el incienso ponían el homenaje de su triunfo.

Sobre el tabernáculo, en el nicho central, que guardaba la Imagen del milagro, las flores de los votos diarios hacían cascadas y, cuando el órgano rompió en la armonía de su himno, la cortina del nicho de María de las Mercedes ascendió con lentitud majestuosa.

Se inclinaron las frentes.

La ola del pueblo llegó reverente hasta las graderías del coro y, todos de pie, en silencio profundo, vieron orar a las cautivas correntinas.

Esta peregrinación de las cautivas correntinas, que el escultor Perlotti ha inmortalizado en su magistral grupo en bronce, que completa el monumento al general Mitre, en el Parque Mitre, arrancó del puerto de La Casillita.

Nota

(1) Material extraído del libro "La Ciudad de Corrientes", de Hernán Félix Gómez, editado en 1944.

Ver:

Murallas del Puerto

Imágenes del Puerto de la Ciudad de Corrientes

Información adicional