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Buenos Aires, en la época colonial

La población de las provincias que pronto se reunirían en el nuevo virreinato creció lentamente hasta mediados del siglo y desde allí adquirió un ritmo más ágil, que en el caso de la Ciudad de Buenos Aires alcanzó caracteres vertiginosos, como lo señala Concolorcorvo, que estuvo en ella en 1749 y en 1772 y pudo apreciar la diferencia de su aspecto entre ambas fechas.

Otro testigo, Juan Francisco Aguirre, decía en 1782 que el crecimiento de la ciudad era tanto que

“apenas era sombra ahora veinte años”, y agregaba: “Pero si alguno quiere convencerse por sí mismo de esta verdad, eche la vista al casco de la ciudad y notará que son nuevas, recientes, las primeras casas. A más que no hay anciano que no confiese la pobreza con que vestía y trataba en aquel tiempo. Pero qué digo anciano, no hay uno que no se asombre de la transformación de Buenos Aires casi de repente”(1).

(1) Juan Francisco Aguirre. “Diario”, en: “Revista de la Biblioteca Nacional”, tomo 17, p. 263, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Tomo 1 - Capítulo 8. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Contribuía a este cambio el aumento de la inmigración española desde 1760. Las estimaciones de la población son otro índice de este desarrollo. El censo de 1770 da una población para la ciudad de 22.000 almas; Millau estima dos años después casi treinta mil o más, y Aguirre, a diez años de aquél, ya habla de treinta a cuarenta mil almas. Pero esta cifra sólo se alcanzaría en tiempos de la Revolución.

Característica típica de Buenos Aires era que la cuarta parte de su población estaba formada por forasteros, según Millau, y que habiendo un gran desarrollo comercial, las grandes fortunas eran muy escasas. Concolorcorvo sólo recuerda la del acoplador de cueros y hacendado Alzáibar, y Aguirre registra seis capitales de más de doscientos mil pesos, algunos regulares de ochenta a cien mil, y los más que sólo giran con el crédito.

En el último tercio del siglo el porteño abandonó la costumbre de trasladarse dentro de la ciudad a caballo y pasaron a recorrerla “hechos unos gentiles petimetres”, como dice un cronista.

La ciudad presentaba un aspecto agradable, muy andaluz, sin ostentación alguna, donde “no se ve lo magnífico pero tampoco lo miserable”, según apuntaba Aguirre. Al borde de la época virreinal sólo quince carruajes existían en la ciudad y recorrían sus horrendas calles llenas de baches, donde hasta una carreta podía volcar, donde se formaban pantanos intransitables en las lluvias y remolinos de polvo en épocas de sequía.

Edificada en ladrillos y adobe, con sus paredes blanqueadas, sólo las calles y las veredas con sus deficiencias afeaban la ciudad, así como los insectos que pululaban en aquéllas.

No vamos a describir el aspecto físico de la ciudad, harto conocido, con sus calles rectas, el fuerte y la plaza mayor con su Cabildo, que pueden verse en grabados y reconstrucciones.

Recordemos simplemente que ésta es la época de la gran transformación edilicia del Buenos Aires colonial: en un plazo de cincuenta años se construyen el Cabildo, la Catedral, las iglesias de la Merced, San Francisco, Santo Domingo, el Pilar, San Juan y Santa Catalina, así como la Casa de Ejercicios, todos monumentos arquitectónicos de estilo herreriano, con influencias barrocas en la decoración interior de algunos de ellos. Buenos Aires empieza a sentirse una ciudad a la europea y adopta aires de capital aún antes de serlo.

La ciudad se extendió en quintas por sus alrededores, donde residían principalmente extranjeros, y más lejos, en las estancias, eran criollos los pobladores en su mayoría. De estos estancieros muy pocos residían en la ciudad, salvo que además se dedicaran al comercio, pues la riqueza pecuaria no alcanzaba aún para sostener dos casas.

Los viajeros insisten en señalar el parecido de la ciudad con las de Andalucía. Aguirre lo señala en el modo de adornar las casas y en las costumbres domésticas y alimenticias. Concolorcorvo lo destaca en las mujeres:

“Las mujeres de esta ciudad, y en mi concepto son las más pulidas de todas las americanas españolas, y comparables a las sevillanas, pues aunque no tienen tanto chiste, pronuncian el castellano con más pureza. He visto sarao en que asistieron ochenta, vestidas y peinadas a la moda, diestras en la danza francesa y española y sin embargo de que su vestido no es comparable en lo costoso al de Lima y demás del Perú, es muy agradable por su compostura y aliño”(2).

(2) Concolorcorvo. “Lazarillo de ciegos caminantes” (1042), p. 41. Ed. Solar, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Tomo 1 - Capítulo 8. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Señala uno de estos viajeros que hacia fin del siglo Buenos Aires tenía ya cafés, confiterías y posadas públicas, y que no había casa de pro donde no existiese un clave o clavecín para amenizar las veladas; a ellas concurrían las damas enjoyadas con topacios, pues los diamantes eran escasos, por lo que se decía con gracejo que “el principal adorno de ellas era el de los caramelos”.

La campiña bonaerense estaba escasamente poblada; Luján tenía sesenta vecinos o familias; Arrecifes no pasaba de veinte casas; Pergamino cuarenta familias y los poblados del sur eran mucho menores.

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