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Etapa postjesuítica

Todo ha decaído y se ha tratado con
un abandono que excita a la compasión”.
Informe de Lázaro de Ribera y Espinosa,

gobernador del Paraguay,  18 de Octubre de 1798

La Administración secular de los pueblos guaraní-misioneros

Su carácter blando y pacífico hace que los abusos
de los Administradores hacia los indios se multipliquen sin cesar...”.

Informe de Lázaro de Ribera y Espinosa,
gobernador del Paraguay, 18 de Octubre de 1798

A la Provincia Jesuítica del Paraguay (1609 - 1768), le sucedió la Provincia Guaranítica de Misiones, institución político-administrativa creada a partir de la expulsión de la Compañía de Jesús. Los bienes, como toda la obra misional en general, fueron secularizados(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Pero ello no significó sólo un cambio del poder religioso al poder civil. Muy poco tiempo después de la expulsión, la estructura socio-económica existente se fue quebrantando, lo que derivó en una progresiva decadencia que llevó a la casi total disolución de los pueblos en los tiempos de la emancipación rioplatense de la Corona española.

El gobernador del Río de la Plata, Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, a partir de rigurosas y muy secretas directivas de la Corona, fue el encargado de la ejecución de la expulsión de los Padres de la Compañía.

En el año de la Pragmática Sanción, que ordenaba la exclusión de la Orden, 1767, se incautaron las casas, colegios y los correspondientes bienes muebles e inmuebIes, deportándose a los religiosos a los Estados Pontificios de Italia. Esa incautación significó el reemplazo de una estructura religiosa al poder temporal de la Corona. Una Junta de Temporalidades fue creada en Buenos Aires para hacer efectiva la incautación, inventario, tasación y destino de las propiedades de los expulsos.

Existían en ese momento diez Colegios en la Provincia (Buenos Aires, Asunción, Santa Fe, Corrientes, La Rioja, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero, Tucumán y Salta), a los que se sumaban seis Residencias, instituciones de menor importancia que los Colegios, aunque unos y otros se regían por Padres Rectores.

Las misiones de Guaraníes y Chiquitos, en tanto, eran administradas por Padres Superiores, que dependían del Padre Provincial, con sede en Córdoba. La Junta de Temporalidades tuvo injerencia en la incautación de los bienes de los Colegios y las Residencias, no así de las temporalidades de las misiones, que quedaron exentas de esa medida. Por ello, la expulsión en esa región, donde se educaban y catequizaban decenas de miles de indios guaraníes, creó problemas no previstos por la Corona, que debió resolver sobre la marcha el gobernador Bucareli.

La operación militar de expulsión de los pueblos de las misiones de guaraníes fue cuidadosamente planificada por temor a un levantamiento de los naturales, como había ocurrido poco tiempo antes en la Guerra Guaranítica, resultado del Tratado de Madrid de 1750, entre España y Portugal.

Con un importante contingente militar, el gobernador Bucareli, después de trasladarse por agua hasta el puerto de Salto Chico (en la actual ciudad de Concordia), se dirigió hasta Yapeyú, que se constituyó en la primera reducción de la que tomó posesión, el 8 de Julio de 1768.

En un proceso que se repetiría en cada uno de los pueblos de guaraníes, se les notificó a los Padres la decisión de Carlos III, se verificaron los Inventarios, que debían estar preparados de acuerdo a previas solicitudes, y se colocó a los nuevos religiosos, así como al Administrador designado para cada comunidad.

Para reemplazar a los jesuitas, Bucareli apeló a dominicos, franciscanos y mercedarios, designados por sus propias Ordenes, de acuerdo a la condición básica que debían tener para el cumplimiento de su nueva función misional: el conocimiento de la lengua nativa. La mayoría de ellos eran paraguayos o correntinos, cuya lengua madre era el guaraní. La escasez de religiosos que cumplieran con el requisito del conocimiento del guaraní, hizo que apenas se pudiesen cubrir los lugares dejados por los sacerdotes expulsados.

El regreso de algunos a sus conventos, como la muerte de otros, sin reemplazos en la mayoría de los casos, hizo que hacia principios del siglo XIX, prácticamente los  pueblos ya no tuviesen dirección espiritual.

De centros misionales a pueblos productivos. El nuevo sistema socio-económico de las misiones.

Entre los medios que pueden conducir cualquier
República a una completa felicidad, ninguno es más eficaz
que la introducción del comercio, porque
enriquece los pueblos y civiliza las naciones...”.

(Francisco de Bucareli, “Instrucciones”, 25 de Agosto de 1768).

La estrategia de los Padres de la Compañía, durante el período de su Administración, había consistido en la conservación de una fuerte autarquía de la región, que preservaba las particulares características del mundo misionero-guaraní. La geografía contribuyó al aislamiento planificado, que mantenía aquel mundo tan particular, lejos de las sociedades españolas existentes entonces en el territorio rioplatense.

El sistema socio-económico previo a la llegada de los jesuitas, donde cada uno tomaba de la masa común de bienes lo que necesitaba, se siguió manteniendo hasta el momento del extrañamiento de los jesuitas. Estos consideraban que para nada esta práctica atentaba contra los valores cristianos.

Por ello, las reducciones se formalizaron siguiendo prácticas preexistentes en la cultura guaraní. Cada pueblo surgía de la reunificación de grupos familiares, con sus caciques al frente, cuyas áreas rurales coincidían, generalmente, con el espacio dedicado a la caza por dichos grupos.

Esos terrenos pasaron a ser propiedad común de cada pueblo, dividiéndoselos en áreas para cultivo, campos para ganadería, bosques para suministro de leña, etc. Estos bienes de producción y su explotación y consumos comunitarios, se denominaban “tupambae”.

Los repartos de alimentos, vestuario, etc., se realizaban de acuerdo a las necesidades de cada grupo familiar, sin pesar los méritos de cada operario. Los jesuitas consideraban que esta práctica coincidía con las enseñanzas evangélicas acerca del lucro, por lo que permitieron su continuidad, aunque también fueron fomentando, en su proceso de europeización de los naturales, una lenta práctica de producción privada de bienes, entre un equipo codirigente, especialmente seleccionado por los curas, entre aquellos que demostraban capacidades especiales para el aprendizaje de este nuevo sistema tan ajeno a sus prácticas culturales ancestrales(2).

(2) El proceso de la decadencia de los pueblos guaraníes, después de la expulsión de los jesuitas, puede ampliarse a partir de las lecturas de dos obras aparecidas casi paralelamente: la de Ernesto J. A. Maeder, “Misiones del Paraguay: Conflicto y disolución de la sociedad guaraní”, publicada por Ediciones Mapfre, en Madrid, en 1992, con motivo del IV Centenario de la Conquista de América; y la de Edgar y Alfredo Poenitz, “Misiones, Provincia guaranítica. Defensa y disolución (1768 - 1830)”, editada por la Editorial Universitaria de Misiones, en Posadas, en 1993.
Obras complementarias a las nombradas, que atienden algunos aspectos del proceso general son: Magnus Mörner, “La expulsión de los jesuitas”, capítulo 13 de la voluminosa “Historia de la Iglesia en América y Filipinas”, dirigida por Pedro Borges y editada en España en 1992.
Asimismo, el extrañamiento misionero ha sido estudiado por el Padre P. Hernández, en “El extrañamiento de los jesuitas del Río de la Plata y de las misiones del Paraguay”, Madrid, 1908; la compilación documental de Francisco Brabo, de 1872, “Colección de documentos relativos a la expulsión de los jesuitas de la República Argentina y del Paraguay”, sigue siendo una fuente importantísima para cualquier estudio sobre las misiones postjesuíticas.
El Padre Guillermo Furlong, en su clásica “Misiones y sus pueblos de guaraníes”, analiza aspectos de la vida cotidiana de los pueblos misioneros en la época de su decadencia, como así también la organización política y económica de los mismos. El historiador económico Oreste Popescu brinda, en su “Sistema económico de las misiones jesuíticas” (Bahía Blanca, 1952) datos fundamentales para entender el sistema de reciprocidad de la economía jesuítica y su decadencia en el período posterior.
// Todo citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Esta nueva práctica, era conocida como el “avambae”, conjunto de chacras, estanzuelas o talleres, que ciertos guaraníes utilizaban en provecho propio en momentos libres de sus obligaciones comunitarias. Los poseedores de estas propiedades particulares, conformaban una suerte de aristocracia en la que se apoyaron los Padres de la Compañía y, luego, también los ejecutores de la secularización de las misiones.

Cada pueblo procuraba autoabastecerse, intercambiando excedentes sólo con los elementos que eran incapaces de producir. Yapeyú, por ejemplo, trocaba ganados, su principal recurso económico, por yerba y algodón, que su suelo y clima impedían cultivar cn suficiente cantidad.

No pueden valerse de sus bienes... los pueblos giran a ciegas”.
La utopía racionalista de Bucareli.

Al secularizar las misiones, el gobernador Bucareli decidió organizar un nuevo ordenamiento político y económico para las mismas. En Agosto de 1768, después de cumplir, sin oposición, el recambio de los nuevos curas y los administradores en cada uno de los pueblos, Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, dictó sus conocidas “Instrucciones” desde la comunidad de Candelaria.

En ellas se disponía que cada comunidad, bajo la dirección de un Administrador local, produjese los mayores bienes posibles, para que sus excedentes -generalmente yerba, tabaco, pabilo y lienzos de algodón, cueros- fuesen remitidos a una Administración Central en Buenos Aires, la que estaría encargada de venderlos y pagar las deudas contraídas por dicha comunidad.

La antigua Procuración Jesuítica de las misiones era reemplazada por empleados civiles que debían promover, fomentar y fiscalizar las transacciones particulares entre los indios, las de los pueblos entre sí y las del conjunto de las misiones con el exterior.

Esta norma de Bucareli, si bien en líneas generales afectó sensiblemente el sistema productivo de las misiones en general, para el caso del Departamento de Yapeyú, especialmente bajo la Administración de Juan de San Martín, posibilitó un importante crecimiento económico y la expansión territorial hacia lo que es hoy el nordeste entrerriano, con la creación de estancias comunitarias y la promoción del otorgamiento de propiedades particulares a idóneos hacendados guaraníes que explotaron correctamente las tierras otorgadas para su beneficio.

Los autores de la reforma para las misiones estaban convencidos del inmediato éxito de la misma. Tan seguros estaban de que los guaraníes habían sido víctimas de la “opresión y atraso” premeditado de los jesuitas que, a pesar de que la decadencia se hizo evidente en muy poco tiempo, todas las medidas que intentaron frenar la misma se dirigieron a “corregir” los errores de los jesuitas, sin ver las notorias deficiencias del sistema implementado por el gobernador de Buenos Aires.

Los pueblos comenzaron a mostrar muy pronto signos de disminución demográfica y productiva, mientras voces ilustradas, como las de Gonzalo de Doblas o Francisco de Aguirre, asesores del virrey Gabriel de Avilés y del Fierro, marqués de Avilés, cegados por su antijesuitismo, seguían inculpando a la Compañía como causante del incontrolable caos reinante.

Este fenómeno de la decadencia de los pueblos en el período inmediato a la expulsión y hasta bien entrado el siglo XIX, puede seguirse a partir de los datos demográficos que nos brindan las numerosas compulsas realizadas en aquel período.

Esos censos, realizados con el fin de fiscalizar la magnitud de la decadencia por las autoridades virreinales, constituyen hoy una fuente extraordinaria para comprender aquella historia de las misiones postjesuíticas.

A partir de esos datos, por ejemplo, se puede desterrar aquella simplista y reiterada afirmación de la vuelta a la selva de la población guaranítica, tan difundida hasta no hace mucho tiempo. Las razones de la decadencia fueron muchas y muy variadas.

Parten desde una incomprensión de la cultura guaranítica por parte de los ilustrados gobernantes rioplatenses encargados de las reformas, hasta una mala implementación por parte de los ejecutores de esas reformas en los pueblos que administraban. Tampoco están exentos de responsabilidad los sacerdotes que, seguramente de manera repentina, debieron hacerse cargo de misionar en pueblos determinadamente acostumbrados a un sistema de vida de larga data entre los jesuitas.

No debe obviarse tampoco el carácter centralizador y burocrático de la monarquía española en tiempos de los Borbones. La misma producía un sistema donde las autoridades subalternas carecían de poder para la toma de decisiones rápidas y con cierta autonomía. Ello quitó posibilidades, seguramente, a enérgicas medidas que se pudieron haber tomado para paliar la evidente crisis reinante en las misiones.

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