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Las nuevas fronteras de las misiones. Yapeyú en la época de Juan de San Martín

...18 estancias y 25 puestos ... todas con sus ranchos ...
un bergantín y dos barcos ... cuarenta carretas y dos carretones
para transportar las haciendas que se consignan
en la Administración General...”.

(Inventario de Yapeyú, de 1784)

A lo ya apuntado, de los beneficios resultantes para la comunidad de Yapeyú, como para su Departamento, del nuevo sistema comercial impuesto por Bucareli, debe agregarse la excelente labor administrativa de su teniente de gobernador, Juan de San Martín, padre del Libertador, durante su gestión, entre 1775 y 1780. Esas dos razones pueden explicar la contrapuesta realidad de los pueblos meridionales de las misiones respecto a sus pares del resto del conjunto(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Yapeyú, como se ha anotado más arriba, había sufrido una gravísima epidemia de viruela que diezmó su población en los inicios de la década de 1770. Siendo esa enfermedad la principal causa de la declinación demográfica en esos tiempos, la Administración porteña buscó prontas soluciones al problema.

Se nombraron cirujanos y sangradores para llevar a cabo inoculaciones de cultivos de viruela, lo que se tradujo en mayores defensas frente al mal. De cualquier modo el panorama sanitario era deplorable. Por ello se construyeron hospitales en algunos pueblos para intentar remediar problemas graves como la desnutrición, falta de higiene, altísima mortandad infantil, contagios venéreos y diversas epidemias.

La comunidad de Yapeyú, en los años previos a la llegada de San Martín, era una sociedad debilitada por todos estos problemas. El desbande generalizado agravaba la situación. Un informe dirigido por el Administrador de Yapeyú a Bucareli, en momentos de máxima gravedad del problema de la viruela, es revelador de la magnitud del mismo.

Dice allí:

En esos días, con asistencia del Administrador y dos albañiles españoles y dos indios, recorrieron los padres las casas, y sacando de ellas los cuerpos muertos, fueron haciendo cúmulo de ellos ... y como no había quién pudiese abrir siquiera una sepultura en el cementerio, enterráronlos en un zanjón... y como no había suficiente gente para conducirlos, según costumbre... se condujeron dentro de cueros, a la cincha de caballos y algunas carretillas”.

(Maeder, Misiones del Paraguay, p. 180)

Esa era la situación en el momento de ser nombrado teniente de gobernador de Yapeyú, don Juan de San Martín. El flagelo había asolado también los puestos de vigilancia de sus haciendas cimarronas, en momentos en que una grave sequía había azotado los campos yapeyuanos en la Banda Oriental.

Las manadas, descontroladas, se dirigieron hacia el sur, concentrándose sobre los ríos Negro y Yí, en el extremo más alejado de la jurisdicción yapeyuana. Esas haciendas quedaron en manos de los hacendados montevideanos y sorianenses y de los trashumantes “gauderíos” que abundaban en la región. La apertura de la exportación de cueros convertía en redituables las vaquerías más o menos cercanas a los puertos, y la tentación de los pobladores de aquellas tierras orientales era demasiado grande.

Mientras se iniciaban pleitos interminables entre los faeneros clandestinos y la comunidad guaraní de Yapeyú, la Administración Central reclutó cuadrillas de vaqueros para eliminar los machos y beneficiar sus cueros y para intentar un eventual arreo de vacas y terneros hacia los pastizales de origen.

Pero todo se realizó en medio de un gran desorden, lo que motivó que en pocos años las matanzas indiscriminadas y los deficientes sistemas de almacenamiento y transporte de cueros redujeran a límites extremos las existencias yapeyuanas de las vaquerías orientales.

Con el tiempo también perdió Yapeyú la propiedad de esos terrenos, tan estratégicos y fundamentales en la época de la Administración de los jesuitas.

Además de cumplir eficientes servicios militares como instructor de milicias para guarda de las fronteras, en la Estancia de las Vacas o de las Huérfanas, en la Banda Oriental, cerca de Carmelo, en momentos en que se desarrollaba una nueva guerra entre España y Portugal, además de proveer apoyo logístico a las guarniciones fronterizas y de vigilar y contener a los infieles charrúas y minuanes, aliados a los portugueses.

Además de todo ello, Juan de San Martín puso orden y eficiencia en todo el aparato productivo y administrativo de las comunidades a su cargo: Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Borja.

En esta tarea realizó una acción fundacional casi desconocida. En Febrero de 1776 erigió el poblado y capilla de Paysandú, bajo su personal dirección, agrupando a las familias guaraníes semidispersas por los campos en operaciones de vaqueo. Aunque humilde y pequeña, esa población fue cabeza de puente para el efectivo poblamiento del centro y noroeste de la actual República Oriental del Uruguay.

Entretanto, la formación y arreo de tropas para su faenamiento en las misiones, resultaba tarea cada vez más difícil y onerosa. La extrema distancia a recorrer y la peligrosidad de los levantiscos infieles, hizo programar a San Martín la implantación de otro sistema de explotación ganadera que reemplazara la tradicional vaquería.

Se trataba de organizar estancias para cría de ganado de rodeo. Y para ello se prestaban perfectamente los baldíos campos aledaños al “camino al Salto”. Así se denominaba a la franja paralela al río Uruguay, entre la localidad de Yapeyú y el puerto de Salto Chico (actual ciudad de Concordia).

Como en el río Uruguay, entre ambas localidades, existía una ruptura de pendiente sobre piso rocoso (basalto, areniscas y calizas solidificadas) que provocaba sucesivas correderas, con arrecifes y pequeñas caídas como el Salto Grande y el Salto Chico, la navegación era imposible, por lo que se recurrió a la utilización de una ruta terrestre, paralela al Uruguay, que partía de Yapeyú y a lo largo de unos 250 kilómetros terminaba en el Salto Chico.

No existían en aquellos campos ni indígenas salvajes, ni ríos o arroyos de régimen torrencial, como en la Banda Oriental. Sobraban aguadas permanentes al igual que buenos pastos y los cursos de agua, con su densa vegetación arbórea, constituirían vallados naturales para las haciendas que allí se criasen.

La nueva política comercial proyectada por Bucareli indicaba la concentración de los excedentes de los productos misioneros en Yapeyú y desde allí se trasladaban los mismos para su monetización en Buenos Aires. Para ello se comenzó a utilizar la vía “al Salto”, que posibilitó una expansión territorial de las misiones hacia el nordeste de la actual provincia de Entre Ríos, ampliando la tradicional frontera meridional del río Miriñay. La misma cobró enorme vigor durante la época de don Juan de San Martín.

Sobre el arroyo Timboy y el río Mocoretá, en Enero de 1777, formó San Martín la “Estancia Grande del Mocoretá”, denominada después “San Gregorio”. El caserío que se formó alrededor del casco de esta estancia comunitaria, como las propiedades particulares cedidas a algunas familias de guaraníes, constituye el asiento fundacional de lo que es hoy la ciudad de Mocoretá, en la frontera entre Corrientes y Entre Ríos.

En Julio de ese mismo año, inició San Martín la “Estancia Nueva del Mandisoví”, que dio lugar con los años a la ciudad de Federación. Poco después ubicó, entre el río Miriñay y el arroyo Timboy, la estancia de La Merced, primer asentamiento de la actual ciudad de Monte Caseros. Al Sur de San Antonio de Salto Chico se creó entre los arroyos Yuquerí chico y el Yeruá, la Estancia “Jesús del Yeruá”.

Cada establecimiento contó inicialmente con una docena de familias guaraníes para la atención de los trabajos rurales y la satisfacción de las necesidades de chasques y comerciantes, tropas y viajeros, que transitaban la ruta al Salto, lo que les otorgaba a estas estancias una función de postas que promovió el desarrollo de la vía comercial del sur misionero hacia Buenos Aires.

Don Juan de San Martín era hombre ducho en tareas agropecuarias. Durante los primeros dieciocho años de su vida, en su natal villa de Cervatos de la Cueza, en España, convivió con labradores, arrieros y comerciantes en vinos. Ya en el Plata administró con eficacia la Estancia y Calera de Las Vacas, entre 1768 y 1774. Era una importante unidad de producción, cercana a la actual Carmelo, que había sido secularizada después de la expulsión de los jesuitas. Sus cales se utilizaron para levantar los muros de Montevideo(2).

(2) La expansión de Yapeyú en la época de Juan de San Martín ha sido estudiada profundamente por Edgar Poenitz, en “Acción pobladora de Yapeyú después de la expulsión de la Compañía” (1987), Buenos Aires, en la Academia Nacional de la Historia o “La economía del Yapeyú postjesuítico” (1983), IIGHI, Resistencia. Esos estudios fueron, en parte, completados por Alfredo Poenitz, en “Proceso de ocupación espacial y poblamiento misionero al sur del río Miriñay, 1769 - 1869” (1986), IIGHI, Resistencia. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

La experiencia adquirida en Las Vacas le sirvió a San Martín para aplicarla en Yapeyú, cuando le tocó la Administración de ese Departamento. Los guaraníes de las Misiones habían sido educados en general, para la vida urbana. Salían por turnos para realizar las tareas rurales y regresar después a la reducción.

Los arreos de ganado, la explotación de los yerbales, las faenas en chacras y estancias, se realizaban, por lo común, teniendo como punto de partida y de llegada el pueblo donde permanecían las familias de los operarios. Pero tanto los establecimientos de Paysandú y San Antonio del Salto Chico, nuevas entidades del Departamento de Yapeyú, como las estancias fundadas más al Sur del Miriñay, iniciaron un proceso de ruralización de la población misionera.

A medida que fueron pasando los decenios, se concretó un poblamiento espontáneo de los campos, apoyado en las fundaciones pioneras de la comunidad yapeyuana. Es por eso que debe reconocerse en el Padre del Libertador, al iniciador del efectivo poblamiento y organización de la Mesopotamia centro-oriental y del occidente uruguayo, como así también a Yapeyú, como ciudad madre de ese proceso, iniciado poco después de la expulsión de los Padres de la Compañía.

Las estancias fundadas crecieron hasta convertirse en pueblos, luego en villas y ciudades, sin solución de continuidad a pesar de traslados y reubicaciones desde aquéllos lejanos años de la década de 1770 hasta nuestros días.

Enajenación de los campos yapeyuanos

...en la parte occidental (del río Miriñay) no debe pensarse
jamás en otros pobladores que los indios, a quienes, aunque no tengan
sino una sola cabeza de ganado, es justo conservarles las tierras,
mientras no se acabe el último indio...”.

(Juan Francisco de Aguirre, 21 de Marzo de 1796)

Hacia fines del siglo XVIII, las tierras que Yapeyú había ocupado al sur del Miriñay se hallaban en pleno proceso de subdivisión y ocupación. El propio Cabildo de Yapeyú, regente de los bienes de la comunidad, había autorizado la instalación privada de varios naturales que, sin dejar de atender los intereses comunes, explotaban estanzuelas y chacras en su beneficio personal(3).

(3) Entre las obras fundamentales que pueden ampliar el tema de los Gobiernos posteriores a Bucareli, en el amplio espacio del territorio misionero, pueden citarse la de José María Mariluz Urquijo, “El Virreinato del Río de la Plata en la época del virrey Avilés (1799 - 1801)”, Buenos Aires, 1987; o la de Julio César González, “Santiago de Liniers, gobernador interino de los treinta pueblos de las misiones guaraníes y tapes. 1803 - 1804”, Buenos Aires, 1946; La “Memoria”, de Gonzalo de Doblas, “Memoria histórica, geográfica, política y económica sobre la provincia de Misiones de indios guaraníes”; como el “Diario” de Diego de Alvear, Buenos Aires, 1941; o el “Diario” de Francisco de Aguirre, constituyen informes y estudios de oficiales de la “Demarcación de Límites”, que nos ofrecen una fuente primaria de riquísimo valor documental para conocer el estado de los pueblos y las Administraciones de los mismos en la época misionera postjesuítica. Estas “memorias” fueron publicadas por Pedro de Angelis, en su “Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata”, Buenos Aires, 1836/37.
Entre la amplísima documentación existente en el Archivo General de la Nación se destaca, para la secularización de los pueblos, el libro “Toma de razón de despachos militares, cédulas de premio, retiros, empleos civiles y eclesiásticos, etc. 1740 - 1821”, publicado por este Archivo, en 1925. Las instrucciones de Bucareli, son analizadas por Ernesto Maeder, “El modelo portugués y las Instrucciones de Bucareli para las misiones de guaraníes”, Buenos Aires, 1986. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

La Junta de Temporalidades de Santa Fe, por otra parte, arguyendo que los campos del norte entrerriano (hacia donde se había expandido Yapeyú), habían pertenecido al patrimonio del Colegio jesuítico de esa ciudad, había vendido algunas tierras dentro de la jurisdicción yapeyuana, lo que planteaba controversias entre ambas instituciones.

Desde Corrientes y Buenos Aires también se denunciaron tierras como realengas (propiedad del rey), sacándoselas a remate público y vendiéndolas a bajísimo precio a algunos aprovechados que obtuvieron títulos de propiedad, y despojando a los desprotegidos guaraníes de las misiones. Por último, y a título de enfiteusis, otros pobladores blancos poblaron sus estancias abonando un reducido canon enfitéutico al Cabildo yapeyuano(4).

(4) El tema de la subdivisión y poblamiento de los campos yapeyuanos es importante analizarlo en la obra de los uruguayos Lucía Sala de Touron y otros, “Evolución económica de la Banda Oriental” (1968), Montevideo.  // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

En 1801, y ante este desorden político-administrativo del territorio, el teniente coronel don Francisco Rodrigo, produjo un informe desde Yapeyú, diciendo que dicho pueblo ocupaba en la parte occidental del Uruguay, 48 leguas de longitud y 12 de latitud, distribuidas en nueve grandes estancias de comunidad. Agregaba que:

Los naturales que residen en ellas, para custodiar sus haciendas, suelen cultivar las partes más pingües y oportunas de sus tierras en beneficio común y particular, sin faltar por eso a los deberes que exige su principal encargo. Además de esto, tienen particularmente muchos naturales sus estanzuelas de ganado propio y todas las familias, en general, tienen sus chacras, en las que suelen cosechar para su manutención y regalo, cuando los tiempos son favorables, abundante copia de maíz, batatas, mandiocas, zapallos y otros frutos que produce el país”.

El mismo informe indica que unos 85 españoles habían colonizado en esa región, a los que se agregaban muchos intrusos instalados permanentemente o transitoriamente, dedicados, como los demás, a la crianza de ganado o a parecidos menesteres rurales.

El 19 de Abril de 1801, el virrey del Río de la Plata, marqués de Avilés, declaró libres de obligaciones de comunidad a 60 cabezas de familias de Yapeyú, en razón de “saber vivir de su industria” y de expresarse en español. Esa medida liberadora alentó aún más el proceso ruralizador, pues muchos otros naturales procuraron autoeximirse de obligaciones comunitarias e imitaron a sus hermanos liberados, radicándose a explotar campos o poniéndose a servir como peones de los estancieros blancos.

Gran número de guaraníes, desde décadas atrás, venían desertando de sus pueblos, encontrando inmediata acogida entre los estancieros blancos de la región, tanto por su carácter dócil como por su fácil adaptación al trabajo rural. Ello alentó la instalación de un importante número de estancieros criollos, como José Alberto Cálcena y Echeverría, intendente del Ejército expedicionario del Paraguay, del general Manuel Belgrano, quien poblaba una estancia, entonces, sobre el río Mocoretá, en jurisdicción yapeyuana.

Otro impulso que aceleró el poblamiento de los campos de la región fue la migración de blancos y naturales que huyeron de las Misiones Orientales a causa de la ocupación luso-brasileña de 1801 y la peligrosidad de vida en los campos del norte uruguayo.

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