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El definitivo quiebre de la unidad de las misiones

Nuevo siglo, nuevas penurias para las misiones

La audacia, bravura y valentía de un puñado de hombres
pudo más que los Tratados de los
soberanos de España y Portugal...”.

Joao Pedro Gay, 1863.

En los inicios del siglo XIX, dos cuestiones transformaron la vida de las misiones: la delimitación de la frontera portuguesa, con la pérdida de los siete pueblos de las Misiones Orientales y el régimen de libertad de los indios(1).

(1) Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

El problema limítrofe era de vieja data. Ya desde la época de los bandeirantes comenzó a constituirse en un grave asunto, dado el inmenso vacío poblacional entre las misiones y la costa de Río Grande. A mediados del siglo XVIII, como ya  se ha tratado en páginas anteriores, fue reemplazado el ya inútil Tratado de Tordesillas por uno nuevo, el Tratado de Madrid, de 1750, que llevó al levantamiento guaraní entre 1754 y 1756, con sus importantes consecuencias en los pueblos que nos ocupan en este trabajo.

El Tratado de San Ildefonso, de 1777, consistente en la búsqueda de un acuerdo común entre ambas naciones, intentó armonizar una situación de nueva tensión fronteriza, pero las comisiones demarcadoras designadas para tal fin demoraron excesivamente los resultados de su acción, concretada recién hacia 1796, con estériles resultados.

El lustro siguiente, hasta 1801, fue de tirantez entre las Coronas española y portuguesa y acarreó la definitiva pérdida del oriente del río Uruguay para España. La oportunidad para aprovecharse de las codiciadas tierras riograndenses y de la mano de obra que posibilitaban los pueblos misioneros existentes en ellas, se la dio el conflicto ocurrido en la península ibérica, conocido como “la guerra de las Naranjas”.

El 15 de Junio de 1801 se conoció en Río Grande que España le había declarado la guerra a Portugal, lo que llevó al gobernador de la Capitanía, Sebastião Xavier da Veiga Cabral da Camara, a movilizar las milicias de su jurisdicción. Formó dos divisiones, a cargo de oficiales de carrera, pero la acción se concretó a partir de un desertor que se acogió a la amnistía general que se concediera a partir del conflicto: José Borges do Canto. Con unos pocos hombres, milicianos todos, en muy pocos días logró ocupar los siete pueblos misioneros orientales(2). Con ello quedaba en grave evidencia la fragilidad de la defensa de la frontera española.

(2) La pérdida de las Misiones Orientales ha sido el tema puntual de la obra de Alejandro Larguía, “Misiones Orientales. La provincia perdida” (2000), Corregidor. Obras previas a ésta -que merecen consultarse- son las de Aurelio Porto, “História das Missões Orientais do Uruguai” (1943), Río de Janeiro; o Gabriel Ribeiro de Almeida, “A tomada dos sete povos das Missões” (1969), Porto Alegre. Las consecuencias de la guerra, como la libertad de los indios, son temas con vasta documentación en el “Diario” de Francisco de Aguirre o el “Diario”de Diego de Alvear y la obra de Alejandro Audibert. “Los límites de la antigua Provincia del Paraguay” (1892), Buenos Aires. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

En Santo Tomé, tardíamente se instaló un Cuerpo compuesto por tropas regulares y por milicias movilizadas, que esperaron órdenes, que nunca llegaron, desde la Península. El Tratado de Badajoz, firmado entre España y Portugal, terminó por fortalecer la acción luso-brasileña en Río Grande. Fue el inicio de la escisión territorial del conjunto de los otrora pujantes pueblos de la Provincia Jesuítica del
Paraguay.

La pérdida de tan precioso territorio llevó a decidir inmediatas cuestiones en el ámbito misionero conservado. El capitán de navío Santiago de Liniers, quien asumiera como gobernador interino de las Misiones, en Noviembre de 1802, recorrió los pueblos y denunció graves desórdenes sociales provocados, en su mayoría, por la pésima Administración de los funcionarios españoles, tanto en los pueblos como en la Administración central. Buscó por ello sanear una Administración absolutamente corrompida y culpable, en gran modo, de la pérdida de los pueblos orientales.

Dos medidas profundas, la independencia de las misiones respecto a Buenos Aires y Asunción y la libertad de los indios, caracterizan su Administración misionera. Como consecuencia de esta medida, el 17 de Mayo de 1803 el rey Carlos IV aprobó lo obrado por el Gobierno de las misiones durante la gestión del virrey Avilés, a través de una real cédula que otorgó la libertad a los indios misioneros, quienes debían repartirse los bienes muebles e inmuebles de propiedad comunal.

No obstante, la burocracia fue tan lenta, que hacia 1810, las prescripciones reales, sólo en parte, se hallaban cumplidas. Respecto a los liberados, la cédula indicaba que:

se repartan sin escasez tierras y ganados, se les otorgue ejidos propios a cada pueblo, se impida la presencia de españoles en las estancias de los pueblos, a los liberados se les prohiba vender los terrenos repartidos, se establezcan escuelas para la enseñanza del castellano”.

En Santo Tomé, el gobernador de las misiones, Bernardo de Velazco, el 29 de Julio de 1805 afirmaba, entusiasmado ante las nuevas medidas que, aunque las estancias comunitarias se hallaban despobladas de ganado, la liberación llevaría a prontas mejoras, porque los naturales lentamente se iban acostumbrando al trabajo para su propia subsistencia, ante el escaso aporte de la comunidad para paliar sus necesidades.

Por la lenta burocracia o por la incapacidad de los gobernantes de concretar medidas tan profundas para una cultura, como la guaranítica, tradicionalmente asociada a lo comunitario, las normas no contribuyeron a ninguna mejora en lo económico ni en lo social, menos aún en la calidad de vida de la población guaraní. Antes bien, fueron un factor más que llevó a la pronta disolución de la sociedad guaraní-misionera.

En el distrito de Yapeyú, las apetencias de los terratenientes blancos, ligados a la burocracia que debía llevar a cabo la decisión del rey, llevaron a que de las estancias orientales del distrito, ninguna quedara en manos de los indios. No obstante, el nuevo territorio ocupado en la zona de Mandisoví, caracterizado por una pacífica convivencia de blancos e indios, se vio beneficiado por la medida. El Cabildo de Yapeyú concedió lotes y solares, en 1809, del mismo modo a blancos e indios, comprometiendo a los solicitantes a construir casas de ladrillo y tejas,

...con la precisa circunstancia de que no puede vender, ni enajenarlo, mientras no edifique su casa de tejas, y ladrillo; pues por solo poseer dicho sitio con un rancho de paja, no queremos que adquiera dominio para poderlo vender”.

Puede advertirse entonces que el nuevo pueblo, fundado por Juan de San Martín, estaba trazado y poblado, y es interesante observar cómo el Cabildo yapeyuano se preocupaba por dar al asentamiento un carácter permanente y decoroso. En ese año de 1809 se habían entregado solares en el pueblo a 88 familias, 56 españolas y 32 guaraníes.

Ese clima de prosperidad y armonía de la jurisdicción meridional de Yapeyú contrastaba con el resto de los pueblos, que se sumían en una declinante pauperización, que se agravó con los sucesos que siguieron a la revolución de Mayo.

El mismo pueblo de Yapeyú, que en el momento de la expulsión, según el Inventario realizado entonces, poseía 40 hileras de viviendas, hacia 1806 contaba sólo con 15, según el Inventario de Bienes de ese año. Su Iglesia, con cinco altares, “capaz de cobijar a las 7.974 almas que tiene el pueblo”, según el Padre Jaime Oliver, incendiada en 1784, y utilizada de cualquier forma hacia 1801, fue preciso abandonarla ese año

... por su estado ruinoso, colocando el Santísimo Sacramento en la casa de Cabildo, que aunque por el nombre suene algo, en la realidad será una cosa bien indecente ...”.

En 1803, la comunidad yapeyuana intentó reconstruirla, pero el capitán de blandengues Jorge Pacheco, fundador de la villa de Belén, en el Noroeste uruguayo, les prohibió a los yapeyuanos extraer cal de un sitio próximo a aquella localidad, con lo que el intento se frustró. De ahí en más, nada se reformó en la planta urbana del pueblo, hasta su casi total destrucción en la época artiguista.

1810. La Revolución en las misiones. Un distrito, tres países

En Enero de 1782, el Virreinato del Río de la Plata quedó dividido en ocho gobernaciones-intendencias, de las cuales una era la de Buenos Aires y otra la de Paraguay. La jurisdicción que abarcaba cada una de ellas correspondía a los previos límites eclesiásticos, es decir los alcances de cada obispado.

Misiones siguió siendo una gobernación con departamentos, no ya administrados por tenientes de gobernador, sino por subdelegados. El Departamento de Yapeyú comenzó a tener un subdelegado a partir de una real cédula de 1803(3).

(3) El problema de las cuestiones jurisdiccionales, en Manuel Trelles: “Cuestión de límites entre la República Argentina y el Paraguay” (1867), Buenos Aires; o Alejandro Audibert. “Los límites de la antigua Provincia del Paraguay” (1892), Buenos Aires.
También, más modernamente, la “Historia política e institucional de Misiones” (1945), Buenos Aires, de Aníbal Cambas; o “Litigios de Antaño”, de Raúl de Labougle y Hernán Félix Gómez, “Historia de los Territorios Nacionales” (1947), Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

Por otro lado, una instrucción complementaria, la Real Ordenanza de Intendentes, de 1784, estableció que la Intendencia del Paraguay comprendiese el territorio del obispado de Asunción, al cual estaban subordinados eclesiásticamente los trece pueblos llamados “del Paraná”, es decir, casi todos los pueblos de los Departamentos de Santiago y Candelaria.

Estas disposiciones, más burocráticas que ordenadoras del desorden existente en las misiones en la época, cobran valor para los sucesos que se producen en el territorio misionero a partir de la revolución de Mayo de 1810.

La ruptura que se produjo a partir del movimiento revolucionario porteño, entre la Junta Gubernativa y el Intendente del Paraguay, que permaneció fiel al Consejo de Regencia, decidió el envío del general Manuel Belgrano para deponer al gobernador paraguayo Bernardo de Velazco, fracasando el prócer argentino en ese intento.

Como consecuencia, los paraguayos lograron retener los trece pueblos del Paraná, validos de la Real Ordenanza de Intendentes, escindiéndose gran parte del territorio. De ahí en más, la unidad misionera ya no pudo restablecerse. El territorio argentino preservó sólo los pueblos del Departamento de Concepción -al cual pertenecía San Carlos- y los de Yapeyú (Santo Tomé, La Cruz y Yapeyú).

De cualquier modo, la presencia de Manuel Belgrano en la Mesopotamia Argentina fue exitosa en otro aspecto, ajeno al militar, el reordenamiento político-administrativo de una región llena de conflictos jurisdiccionales, de entidades urbanas sin reconocimiento legal, en fin, de cuestiones que debían ser zanjadas a partir de decisiones oficiales del nuevo Gobierno de Buenos Aires.

Belgrano y su reordenamiento del distrito de Yapeyú. Los pleitos entre Corrientes y las misiones

... he venido en quitar todos los obstáculos que se oponían
a la formación, adelantamiento y progreso de estos pueblos...

(Manuel Belgrano, 16 . XI . 1810)

Cuando el 22 de Septiembre de 1810, la Junta Provisional Gubernativa, a nombre de Fernando VII, expidió instrucciones para que su vocal, doctor Manuel Belgrano, pasase en expedición militar al Paraguay, entre otras disposiciones, le ordenó lo siguiente:

Tomará tales disposiciones que los pueblos y habitantes de nuestras campañas palpen ventajas en el nuevo sistema, y tomen un interés personal para sostenerlo ...”.

El permanente contacto con la burocracia virreinal le había permitido conocer a Belgrano los problemas existentes en los pueblos y campañas mesopotámicas. En su paso por La Bajada (actual Ciudad de Paraná), ordenó la separación del occidente entrerriano del Cabildo santafesino, hecho largamente esperado por aquellos habitantes. Se informó sobre los graves problemas de las propiedades de las tierras en aquel territorio, proveyendo a su solución como funcionario del nuevo Gobierno(4).

(4) El tema de Manuel Belgrano en la Mesopotamia y el reordenamiento del distrito de Yapeyú con los consecuentes pleitos entre Corrientes y las misiones ha sido estudiado por Edgar Poenitz en, “Belgrano, organizador mesopotámico” (1983), Concordia. Obras clásicas como la de Hernán Félix Gómez, “La Ciudad de Curuzú Cuatiá” (1929), Corrientes; o Bartolomé Mitre, “Historia de Belgrano”, también hacen referencias al tema. // Citado por Ernesto J. A. Maeder y Alfredo J. E. Poenitz en, “Corrientes Jesuítica (Historia de las Misiones de Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos en la Etapa Jesuítica y en el período posterior, hasta su disolución)” (2006), Corrientes.

En Curuzú Cuatiá debió enfrentar viejas controversias jurisdiccionales entre Corrientes y las misiones. El Cabildo correntino alegaba una enorme jurisdicción otorgada por su fundador aunque, de hecho, durante más de dos siglos no habían avanzado más que hacia el Iberá y atravesado el río Corriente recién hacia fines del siglo XVIII, a partir de una ocupación espacial, más o menos planificada, que se afianzó con la erección del poblado de Nuestra Señora del Pilar “de Curusuquatia”, en 1797.

Tampoco habían avanzado al oriente del río Miriñay, jurisdicción misionera desde la fundación de la Provincia Jesuítica del Paraguay. Casi paralelamente, pero obedeciendo a fenómenos diferentes, los correntinos sobrepasaron el río Corriente, mientras los misioneros, como se ha visto, atravesaban el Miriñay hasta el arroyo Yeruá.

Respondiendo a impulsos individuales, muchos naturales escaparon de la vida comunitaria y se afincaron en las rinconadas occidentales del Miriñay, sobre el Mocoretá, el arroyo Curuzú Cuatiá y algunos afluentes del Uruguay. Las autoridades yapeyuanas no quisieron desprenderse de esas familias que se autoapartaban de aquella comunidad, conservándolos jurídicamente bajo su protección.

Paralelamente, hacendados correntinos poblaban estancias en la región del Pay Ubre, como se llamaba al espacio del sur de la actual provincia de Corrientes, entre los ríos Corriente y Miriñay. Esto último se realizó bajo permanentes reclamos del Cabildo de Yapeyú iniciándose, hacia 1798, una larga y agria disputa por respectivas jurisdicciones entre ese pueblo y Corrientes, disputa con la que se encontró Belgrano y a la que debió enfrentar como funcionario del nuevo Gobierno naciente.

El virrey Avilés ya había tomado determinaciones en el conflicto a principios de 1800, fallando a favor de las misiones en la región en disputa, lo que provocó más enconos que soluciones entre los habitantes del lugar. Quedaban pendientes muchas cuestiones sobre la legítima propiedad de las empresas agropecuarias que, en general, habían montado los correntinos con mayor capital y mejores conocimientos jurídicos que los naturales guaraníes. La documentación de la época es elocuente respecto al aprovechamiento, por parte de los hacendados correntinos, de esa situación.

Hernán Gómez, por ejemplo, relata cómo un Alcalde Provincial de Corrientes fue autorizado a poblarse en un extenso campo al mínimo pago de un caballo de raza por bienio. Si el interesado en poblar los campos aceptaba los derechos yapeyuanos de esas tierras, no se ponían objeciones para su explotación. Quizás ello explique la convivencia armónica de españoles y guaraníes en la región meridional del distrito de Yapeyú.

En Curuzú Cuatiá, Belgrano se encontró con este pleito al que falló de manera ejemplar el 16 de Noviembre de 1810, un día antes de continuar su marcha hacia el Paraguay. En la delimitación jurisdiccional, retrajo a Yapeyú hacia su distrito original, tras el Miriñay, agregándole sólo el partido de La Merced, con límite meridional en el Timboy, por ser allí dominante la población indígena.

A la Tenencia de Gobernación de Corrientes fue incorporado Curuzú Cuatiá, dándole un territorio correspondiente a su actual Departamento, Sauce y Monte Caseros.

Fue novedosa e inteligente la fundamentación de esta resolución. Si bien reconoció los derechos de Yapeyú sobre las tierras cuestionadas, aceptó el argumento correntino de que aquella comunidad era incapaz de poblarlas convenientemente. A Mandisoví le otorgó la jurisdicción propia, pero independizándola del Gobierno de Yapeyú y colocándola bajo directa dependencia del Superior Gobierno de Misiones.

Una vez en el Paraguay, y pese al aislamiento e impotencia en que se encontraba, el 20 de Diciembre de 1810 dictó Belgrano su Reglamento para los Naturales de Misiones. Fueron treinta artículos que revelan en el prócer sus extraordinarias dotes de estadista.

En épocas normales, esas Ordenanzas hubieran promovido la transformación y recuperación de las decaídas Misiones. Sin embargo, el destino deparaba a esos pueblos y a esos indígenas civilizados, el ser presas de apetencias exteriores a sus comunidades y, en pocos años más, hasta su propia existencia concluyó para siempre.

La derrota de Belgrano en Tacuarí, el 9 de Marzo de 1811, tuvo graves consecuencias para las Misiones, quedando, como resultado del Tratado suscripto con el oficial paraguayo, dos Departamentos para Buenos Aires: Yapeyú y Concepción, y Santiago y Candelaria para el Paraguay.

Desde allí en adelante las misiones quedaron fragmentadas entre las Provincias Unidas (Argentina) y Paraguay. El gobernador de Asunción nombró los Subdelegados correspondientes a Santiago y Candelaria, y Buenos Aires hizo lo propio con Concepción y Yapeyú. Fue nombrado entonces gobernador de las misiones, José Gervasio Artigas, con sede en Santo Tomé, el 15 de Noviembre de 1811, iniciándose, a partir de allí, el más grave período de la historia de las misiones argentinas, que concluyó con su total disolución.

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